martes, septiembre 06, 2005

España va perdiendo la guerra contra la antiEspaña pero la guerra no está perdida

Es triste aceptarlo pero no sirve de nada negar la evidencia: en más de un aspecto los nacionalismos antiespañoles le van ganando la guerra a España. Nunca me parece tan obvia esta realidad como cuando oigo afirmaciones en el sentido de "si quieren la independencia que se la den porque por una frontera no merece la pena que muera nadie más". Estamos ya en esa fase en que cada vez más de nuestros compatriotas asumen como inevitable ese tipo de final para el supuesto "conflicto" existente.
En la misma línea, muchos de nuestros compatriotas creen que la única manera de acabar con el "conflicto" es "dialogando". Más grave aún: si preguntas "¿dialogar con quién?" te responderán que con "los vascos" o con "los catalanes".
Una tras otra se van instalando en nuestro subconsciente colectivo nacional (denominémoslo así para entendernos un ratito) ideas y conceptos que tienen su origen en el muy bien engrasado aparato de propaganda del enemigo, y que vayamos aceptándolos en nuestra terminología política cotidiana es la demostración palpable de que estamos perdiendo, en un aspecto fundamental, esta guerra que se nos ha declarado.

*TRAGANDO TERMINOLOGÍA, RENUNCIANDO A SÍMBOLOS, OLVIDANDO NUESTRO NOMBRE

Son muy conocidas y no insistiré, pues, en ellas algunas sonoras derrotas en la batalla del lenguaje: desde el ocultamiento tras palabras de un idioma que no conocemos ("kale borroka", "abertxale", "Euskal Herria", etc...), hasta el intercambio de términos inasumibles socialmente por otros más fácilmente vendibles ("separatistas", "activistas" o "radicales" por "terroristas"; desde la conversión en tabú de términos absolutamente honorables, de uso tradicional y en absoluto peyorativo ("Vascongadas" o "región") hasta la apropiación ideológica de palabras que no pertenecen a nadie en particular ni tienen más matiz ideológico que el que se le quiera dar (Grupo "Vasco", Grupo "Catalán", "galleguismo", "catalanismo", "nación", "país", comunidad "histórica")...Como es sabido, la lista de ejemplos es muy extensa.
Otro aspecto de la inferioridad en que el patriotismo español se encuentra en este momento histórico de la guerra declarada contra España es la relación de muchos de nuestros compatriotas con los símbolos y hasta con el nombre de nuestro país. Nuestra bandera se ha convertido en un trapo vergonzante, y su uso timbre de distinción de fachas cavernarios. Mientras las banderas de las comunidades autónomas, especialmente de aquéllas donde el nacionalismo está más extendido, son de uso corriente y hasta abusivo, el de los símbolos españoles son rápidamente asimilados a un supuesto nacionalismo español de pretensiones imperialistas y colonialistas.
La misma palabra "España" es evitada con frecuencia en la discusión política pública para ser substituida por la desvaída "Estado" y el nombre de nuestra lengua es rebajado de grados para transformarse de español en castellano, con la consecuencia nada casual de convertirla en algo ajeno, extranjero, allí donde existe bilingüismo desde tiempo inmemorial.

*¿NACIÓN?¡QUÉ MÁS DA!
Muchos de nuestros compatriotas no ven nada grave en todo esto. El “primus inter pares”, nuestro presidente, es el primero en no conceder ninguna importancia al hecho de que los españoles consideremos o no a nuestra nación como nación y que parte de nuestras regiones sí adquieran esa consideración legal al mismo tiempo que España la pierde. Entre la ignorancia, el desinterés y la hipocresía, según los casos, de muchos de nuestros compatriotas (comenzando por los que en la actualidad ostentan las más altas responsabilidades administrativas), España se puede ver ante la ONU con, un proceso de presunta descolonización, ya que ella misma acepta que tiene sometidas a su legalidad e imperio diversas naciones que harán uso y abuso de su derecho de naciones a organizarse con su propio estado.

*COMPATRIOTAS ABANDONADOS PARA CALMAR A LA BESTIA

No obstante, el grado de gravedad de las implicaciones derivadas de ir perdiendo una guerra de este tipo todavía puede incrementarse. Muchos de nuestros compatriotas han asumido tan profundamente los postulados del enemigo que han dejado de sentirse concernidos por la suerte de sus compatriotas, si éstos viven en ragiones donde el nacionalismo aspira a la independencia, cuando deberían ser una de sus principales preocupaciones pues son la primera línea nacional y los primeros en recibir los envites del nacionalismo, cada vez más desinhibido. Y ello es así hasta el increíble punto de preferir dejar abandonados a millones de ellos en manos de los que se declaran enemigos de España que mantenerse firme en la defensa de su patria, en su historia, en su ordenamiento democrático, y, sobre todo, en mantenerse firmes en la misma idea de la Razón que debería hacer imposible rendirse ante quien ha recurrido a lo más bajo moralmente para conseguir sus fines –desde el asesinato a la extorsión, desde el reto chulesco a la legalidad a una suerte ¿atenuada? de limpieza étnica y destierro sistemático de los disidentes, por poner un par de ejemplos. Ese famoso “pues que le den la independencia” incluye el abandono de compatriotas y a pesar de que debería ser inadmisible ni como broma, ahí está, en boca de muchos de nuestros razonables compatriotas.

*ACEPTAR EL LENGUAJE DEL ENEMIGO TIENE CONSECUENCIAS

Pero cada hecho tiene su porqué. Si aceptas la existencia de un conflicto político aceptarás todo lo que viene detrás. La derrota incipiente de nuestros días tiene su origen, su semilla. ¿Qué más natural que una nación civilizada y democrática como España le conceda la independencia a pueblos como el vasco y el catalán que llevan siglos y siglos luchando por su independencia? ¿Es que esa resistencia secular no tiene tintes heroicos?¿No es admirable cómo quieren a lo suyo, a sus tradiciones? No crea, amable lector, que esto es el puro absurdo. La propaganda es así, sencilla y clara: debe instalarse en las mentes de forma natural, como un cuchillo caliente entrando en la mantequilla. Cada vez más de nuestros compatriotas creen sinceramente que esa “lucha” existe desde hace “siglos”, a pesar de toda evidencia. Cada vez más de nuestros compatriotas creen en la existencia de un algo homogéneo llamado “pueblo vasco”, o “pueblo catalán”, o “pueblo gallego”. Cada vez más entre nuestros compatriotas creen que lo lógico y democrático es darle lo que han reclamado tan heroicamente desde hace tanto tiempo.

*¿NACIONALISMO DEMOCRÁTICO? TERRORISMO NO ES SÓLO ASESINATO

Entre las supercherías, casi leyendas urbanas, que los enemigos de España han colocado en nuestro territorio como minas antipersona o bombas de fragmentación, según se mire, está la disociación entre nacionalismo democrático y nacionalismo antidemocrático. Como en todos los casos señalados con anterioridad, la batalla ha sido perdida contra toda evidencia. El nacionalismo antiespañol pretendidamente democrático ha vivido y ha conseguido todos sus éxitos políticos gracias a la existencia del terrorismo. Cualquier persona informada lo sabe, incluidos los que jamás lo aceptarían en público.
Aún es hoy el día en que los aliados antiespañoles del Sr. Zapatero, nuestro presidente, el primer ministro del Reino de España, nuestra patria, siguen agitando el espantajo terrorista como una amenaza nada velada.
Y no sólo eso. El terrorismo no es solamente el asesinato o el coche bomba. El terrorismo es la praxis “política” basada en la creación de estados de terror, de creación de temor y angustia, de imposibilidad de desarrollo de una vida política (y no política) en libertad de aquellos ciudadanos que disienten de fines y medios de quienes lo practican. Cuando hay personas que pierden su libertad de cátedra en Cataluña por la presión física y moral de grupos de nacionalistas estamos hablando de terrorismo. Cuando se boicotean conferencias, actos políticos o el libre ejercicio del derecho de asociación, estamos hablando de terrorismo. Cuando se tiran huevos a líderes políticos o a los locales de sus formaciones o cuando éstas deben ocultar los carteles con su nombre (obligándoles a una clase ¿atenuada? de clandestinidad), estamos hablando de terrorismo. Cuando los comerciantes no pueden elegir en libertad el idioma en que quieren presentarse ante sus clientes, cuando los ciudadanos, en general, no pueden elegir el idioma en que quieren referirse a los lugares en que nacieron o vivieron o besaron por primera vez, estamos hablando de terrorismo.

*LA GRAN BAZA DE LA ANTIESPAÑA: EL CAÍNISMO POLÍTICO ESPAÑOL, LA LEYENDA NEGRA Y LA FALTA DE ORGULLO PATRIÓTICO
Estamos perdiendo la guerra porque los enemigos de España cuentan con una gran baza: buena parte de nuestros compatriotas han nacido, crecido y vivido en esa falaz ilusión antiespañola que es nuestra leyenda negra, nuestro sentimiento de inferioridad ante las naciones desarrolladas, nuestra falta de orgullo patriótico, y, muy especialmente, nuestra histórica y desgraciadamente persistente tendencia al caÍnismo político.
La izquierda española tiene una gran responsabilidad en este aspecto concreto porque anteponiendo sus intereses a los de la nación ha jugado a colgar todo lo presuntamente malo de nuestra historia en el debe de la derecha, actitud en la que perseveran aún. Un enemigo dividido es un enemigo más débil, la antiespaña lo sabe y a consolidar esta división ha dedicado buena parte de sus esfuerzos (prohibidos los pactos con el PP, ¿recuerdan?). La izquierda española padece un muy evidente “Síndrome de Estocolmo” respecto al nacionalismo: se pudo ver en la nefasta II República y se sigue viendo en la era democrática postfranquista.
Desgraciadamente, el análisis nos lleva todavía un poco más lejos. Nuestra era es también la de la corrección política, es decir, la del imperio intelectual de la izquierda: tampoco la derecha ha sabido desembarazarse de dicho imperio y conservar en su integridad la independencia ideológica. La consecuencia en el caso que nos ocupa ha sido que no sólo la izquierda ha padecido esa enfermiza manifestación del “Síndrome de Estocolmo” sino que también buena parte de la derecha ha presentado los mismos síntomas.

*LA GUERRA NO ESTÁ PERDIDA, PERO HAY QUE CAMBIAR LA ESTRATEGIA YA

La guerra no está perdida, ni mucho menos. Pero España debe reaccionar o se verá amputada, verá mutilado su devenir histórico, verá su ordenamiento legal destrozado, algo que una democracia no puede soportar (recuérdense las órdenes incumplidas del Tribunal Supremo), y verá como muchos de sus ciudadanos (y España, ya que es una democracia, es cada uno de sus ciudadanos) ven definitivamente perdidos sus derechos y su identidad como ya está sucediendo.
España debe reorganizar su estructura administrativa: el Estado debe recuperar parte de las competencias que ha cedido y debe hacer que parte de las competencias que hoy recaen en las Comunidades Autónomas pasen al nivel municipal rompiendo ese centralismo autonómico de nuevo cuño, a menudo antidemocrático, antihistórico y totalmente absurdo. [Una consecuencia terrible del descontrol sobre las CC.AA es que las que no padecen de nacionalismo se han contagiado de las actitudes de las que sí lo padecen, y todo parece señalar en la dirección histórica de un renacimiento de los reinos de taifas]. Muy especialmente, las competencias sobre educación deben ser recuperadas por el Estado, ya, con urgencia. De ninguna manera se deben seguir haciendo concesiones disgregadoras en materia judicial o tributaria (lo cual se está dando también en las CC.AA donde ni ha habido ni hay nacionalismo antiespañol). De ninguna manera se pueden seguir aceptando tropelías de índole lingüística.

*ESPAÑA DEBE ACABAR CON LOS PRIVILEGIOS Y GARANTIZAR EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY

España debe garantizar la absoluta igualdad en derechos y deberes de todos los españoles e impedir la consolidación de privilegios. España debe acabar con situaciones como las de que disfrutan Vascongadas o Navarra en su régimen fiscal y que suponen un agravio comparativo para las demás regiones. España debe hacer que se cumpla la ley sin excepciones de ningún tipo. La bandera nacional debe lucir en todas la instituciones y si alguna se niega su autoridad debe ser suspendida y sus responsables inhabilitados, condenados a fuertes multas y si fuera necesario a penas de prisión. Y debe hacerse sin miramientos, exactamente igual que se nos cobran los impuestos. Una nación que no hace cumplir sus leyes es una nación de pacotilla.
En definitiva, España debe demostrar a sus enemigos que tiene orgullo, que no se va rendir como una vaca yendo al matadero, y que mientras tenga un aliento de fuerza no va a consentir por más tiempo que se la denigre, chulee, hiera y tome a rechifla. La función de España no puede ser la de pagar las facturas y nada más.
En cuanto a la repulsiva cuestión del terrorismo en cualquiera de sus graduaciones, la respuesta de la nación debe estar alejada por completo de cualquier veleidad negociadora o de cualquier tolerancia. Los exaltados que boicotean una conferencia a base de gritos, tomatazos, huevazos, salivazos, empujones, amenazas y demás, deben conocer de una vez por todas que en una democracia no hay delito mayor que atentar contra los derechos de las personas, sea derecho a la vida, propiedad, libertad de expresión, cátedra, asociación o cualquier otro. Este tipo de terroristas debe saber que la respuesta de los españoles, de cualquier tendencia y que se organizan voluntaria y libremente en un estado democrático, va a ser tan dura como haga falta hasta que esos comportamientos fascistas y totalitarios sean totalmente erradicados de nuestra sociedad.
Y, de manera simbólica, para que quede claro ante todo el mundo, dentro y fuera de nuestras fronteras, España, o sea, los españoles, debemos recuperar, ya, con urgencia, el derecho al uso del español en la toponimia. Basta ya de que los españoles tengamos que hablar en gallego, catalán o vascuence para referirnos a lugares de España situados en las regiones donde se hablan esas lenguas (por cierto, lenguas españolas que pertenecen a todos los españoles, no sólo a los nacionalistas antiespañoles) y que, en cambio, los hablantes de esas lenguas podamos (me cuento entre ellos) llamar Xaén a Jaén, Saragossa a Zaragoza o Nafarroa a Navarra.
El sentimiento de inferioridad y el ir siempre a remolque de los órdagos de la antiEspaña se tiene que acabar o pasaremos de estar en mala situación a estar derrotados totalmente y de perder batallas más o menos significativas a perder la guerra definitivamente.

lunes, septiembre 05, 2005

Katrina ¡que alegria le has dado al antiamericanismo rampante!

¡Qué miseria moral que se esconde detrás de ciertas posiciones que con un poco de imaginación podemos calificar de "ideológicas"! ¡Qué difícil de entender se hace! Mis familiares, mis amigos, gente buena que quiero, conozco y trato y que están estos días diciendo cosas que me avergüenzan como ser humano. ¿Quién no ha oído estos días comentarios del estilo de "qué sufran lo que sufren otros todos los días" o "qué paguen su petulancia y su soberbia"? ¿Quién no ha oído "si no fueran negros y pobres los habrían salvado"? ¿Quién no ha oído "a Bush le importa un pito lo que le ocurra a la gente porque lo que le interesa es ir por el mundo haciendo guerras a los indefensos? Y la cuestión de las armas ¡mamá! Casi todos los que hacen este tipo de comentarios -insisto, mi gente, no lejanos políticos- añadirán la coda de "lo siento por la gente pero me alegro por el país", como si se pudiera disociar una cosa y otra.
El antiamericanismo se ha convertido en una idea que fanatiza a la gente hasta extremos casi inexplicables. Sólo casi, claro. Es fácil de comprender que un sentimiento de esa naturaleza no nace por generación espontánea y que hay quien lo explota. Más concretamente se ha convertido en una de las bases fundamentales del corpus político de casi toda la izquierda, buena parte del considerado “centrismo” y una porcentaje no pequeño de la derecha, es decir, se trata de algo firmemente instalado en la política europea.
Vengo sosteniendo desde hace tiempo una idea que quiero compartir aquí. Un significativo sector de la izquierda es profundamente antisistema, a pesar de las apariencias. Ha aceptado el sistema capitalista por la sencilla razón de que éste se ha impuesto por sí solo, por la fuerza de la gente, por la fuerza de la historia. Pero desde un punto de vista ideológico, es evidente que subyace un odio furibundo al capitalismo, un odio disfrazo, un odio vergonzante, pero odio al fin y al cabo.
El sindicalismo autodenominado “de clase” odia al empresariado con más bien poco disimulo y huelga decir que el empresariado es una pieza básica del sistema.
La socialdemocracia no deja de anunciar a los cuatro vientos que su objetivo es la “redistribución de la riqueza”, “la creación de trabajo”, la "conservación y desarrollo del Estado del bienestar”, por citar los ejemplos más obvios, todos ellos muy claras muestras de que su aprecio por las potencialidades del sistema capitalista es mínimo.
El ecologismo no deja de recordarnos que corremos hacia nuestra destrucción y la de nuestro planeta porque nuestro sistema de producción es incapaz de comportarse con sentido común: el capitalismo es la creación material de nuestros impulsos suicidas, en su mente.
Los fanáticos del mestizaje cultureta, los amigos de todo lo que no sea cultura de raíz cristiana, de cualquier tribu africana que eduque a sus hijos en un feliz edén comunitario, de cualquier sociedad primitiva que use azadón en vez de tractor, de cualquier país anclado en tradiciones milenarias que no haya sido capaz de adaptarse a la modernidad y donde sus ciudadanos se mueran de hambre o arriesguen la vida para llegar a instalarse en un país malvadamente capitalista, estos amigos de cualquier producto humano que cumpla la doble condición de no ser ni capitalista ni cristiano, manifiestan un odio cruel contra nuestra sistema, olvidándose de que lejos de asentarse en una repugnante sociedad de ricos comeniños tiene sus cimientos en el humilde trabajo de gentes humildes que cuidan humildes haciendas familiares y que se preocupan de sus humildes tradiciones y de sus humildes derechos y que muy a menudo se comportan con una solidaridad para con los más desfavorecidos que dista mucho de ser humilde.
Para qué hablar de los restos de comunistas, anarquistas y demás antisistema vocacionales y orgullosos de serlo. Para qué hablar de ese odio enfermizo capaz de producir cantidades ingentes de miseria moral y material con sus bienintencionadas pero supremamente estúpidas ideas.
En fin, les conocemos porque, como he dicho más arriba, son nuestros padres, hermanos, amantes o amigos.
Lo sucedido estos días con el Katrina no es sino la manifestación del odio incontrolado con el país que en el subconsciente planetario representa el capitalismo. No se trata de que la administración estatal norteamericana haya hecho más o menos bien las cosas. No se trata de que las medidas tomadas hayan sido más o menos tardías. No se trata de que los diversos estadios administrativos hayan sabido coordinarse mejor o peor. Ni siquiera se trata de que el Gobierno de los EE.UU esté en manos de la derecha. No se trata de que hayan intervenido o no en el extranjero con sus tropas. La reacción hubiera sido idéntica si los demócratas estuvieran en la Casa Blanca.
No, la reacción ha sido la del odio sin matices. Lo han hecho mal por prepotentes. Lo han hecho mal porque su organización política es intrínsicamente malvada. Lo han hecho mal porque el Estado es, per se, insolidario. Lo han hecho mal porque son racistas. Lo han hecho mal porque allí hay más pobres que en ningún otro país desarrollado. Lo han hecho mal porque son americanos y los americanos son así y no tienen arreglo. Lo han hecho mal, en definitiva, porque lo que allí impera es el capitalismo salvaje, es decir, el capitalismo, porque en términos morales el sistema de vida de Europa es claramente superior. Lo han hecho mal porque es una sociedad armada (sin duda prefieren la situación europea donde los únicos armados –además de la fuerza pública- son los que están dispuestos a vivir fuera de la ley).
No importa en absoluto que toda evidencia nos indique que en Europa cuando suceden catástrofes de mucha menor magnitud tienen graves consecuencias, en vidas humanas, en heridos, en destrucción material: inundaciones en el Mediterráneo, en el centro de Europa, en las Islas Británicas; incendios en los países mediterráneos: terremotos en Italia o Grecia; una simple ola de calor que en Francia siega la vida de muchos cientos de personas; una ola de frío que nos deja las bocas de metro llenas de mendigos congelados. No importa. No importa que estemos hablando de una zona afectada que es casi como media España, no importa porque esa no es la cuestión. La cuestión es que se trata de los EE.UU y recuerdo perfectamente reacciones similares cuando unos criminales de una vesania sin límites destruyeron las Torres Gemelas y asesinaron a más de 2 mil personas ¿Se acuerdan de los mismos diciendo las mismas cosas? Yo sí. Que tomen de su propia medicina.
A la reacción visceral, esa que surge del interior de la gente porque llevan el odio a EE.UU y al capitalismo grabado al rojo en su subconsciente, hay que añadir otra reacción más fría, más metódica, más planificada, más “política” aunque no totalmente desvinculada de la otra. Medios de comunicación de orientación “progresista”, “intelectuales” y políticos del ramo, siembran metódicamente la plantación de odio del mañana. Y lo hacen de una manera precisa y profesional. Informaciones falsamente objetivas, análisis sesudos que no conducen sino a las conclusiones que no son tales porque de ellas se partía, hipócritas manifestaciones de solidaridad cargadas de veneno. Y todo ello –y más, mucho más- en dosis intensivas, telediario tras telediario, portada tras portada, actualización tras actualización en el portal de turno. El resultado, el de siempre, montones y montones de personas asaltadas en su buena fe y que ven su mente invadida y contaminada tal vez para siempre. Un espectáculo repugnante, un espectáculo que nos llena de oprobio como seres humanos y que lleva la discrepancia política a terrenos totalmente antidemocráticos e incivilizados.
Por último, aunque naturalmente podríamos escribir un libro del tamaño del Larrousse sobre este tema, añadamos una consideración más. Los humanos somos como somos y tampoco viene al caso rasgarse las vestiduras por ello. Además de los aspectos ideológicos y políticos de la reacción europea hay otros que podríamos incluir en la maleta de los defectos de las personas, esos que en una u otra medida padecemos todos. ¿No ven ustedes un algo de envidia en todo esto? Envidia al rico, al que le van bien las cosas, al que es capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Hay una mezquindad en todo esto que resulta bastante dura de aceptar. Envidia y mezquindad agravada por el desagradecimiento: ¿a quién debe Europa su bienestar, su democracia y su libertad? Sí, a ese país, Reino del Mal, del que ahora nos reímos con mínimo disimulo.
Desde aquí sólo puedo añadir unas líneas de desagravio por si algún norteamericano lee estas líneas: somos muchos los que aquí, más allá de sus errores puntuales, faltaría más, admiramos, respetamos y sentimos un profundo agradecimiento por esa gran nación que son los Estados Unidos de Norteamérica. Vaya desde aquí un fraternal abrazo a todos los que esta terrible tragedia les ha robado sus seres queridos, su salud, sus casas, sus posesiones, su modo de vida. Mi solidaridad más sentida.

viernes, septiembre 02, 2005

Nacionalistas en el Gobierno de Galicia: peligrosa estulticia manejando nuestro dinero

De vuelta de las vacaciones.
Mi Galicia natal ha cambiado de Gobierno. Un partido pequeñajo, fanatiquillo, paleto, obsoleto, anticuado, chauvinista, aburrido, absurdo, vacuo, inane, estulto y con los votos de menos del 20% del electorado (1 de cada diez de los gallegos que viven en Galicia y 1 de cada 20 de los que viven en cualquier parte) ha colocado a su minilíder de vicepresidente.
El minilíder en cuestión se permite darle lecciones de esto y aquello al partido que siempre ha gobernado la región (excepto un momento de exhaltación del transfuguismo) con un apoyo popular indiscutible y que, aún hoy y habiendo sido desplazado del Gobierno, duplica sus votos y aún le sobran un tercio de los que dispone este partidillo enamorado del medievo gallego y lo que pudo haber sido y no fue porque la historia se equivocó.
En su última leccioncilla el minilíder le ha dicho al partido según él filofacha que "los gallegos" no comprenderíamos que no se involucrara en la traída y llevada reforma estatutaria. Desde luego por narices no fracasará el Gobierno éste. Lo que "los gallegos" no comprendemos -ni con clases nocturnas- es para qué necesitamos un estatuto nuevo aunque entendemos muy bien para qué lo quieren nuestros aranistas patrios. Pues van "daos". Si hay un pueblo refractario al nacionalismo ése es el gallego. Durante siglos hemos mantenido nuestra lengua y nuestras tradiciones sin apelar al victimismo barato por la sencilla razón de que aquí las penalidades han sido reales y la mitificación del pasado no da de comer más que a quienes se plantean vivir de explotarla de una u otra manera. Nunca hemos acusado a nadie de fuera de nuestros avatares históricos. El caciquismo que tanto reluce en labios de revolucionarios de chiste ha sido un fenómeno entre gallegos. No hemos sido especialmente perjudicados por "España" o por "Madrid", no más que las muy españolas regiones extremeñas o andaluzas, por poner dos muy manidos ejemplos. Cierto que no se nos ha beneficiado como a las "explotadas" regiones de Cataluña o Vascongadas.
Fueron nuestras clases pudientes las que abandonaron nuestra lengua y fueron las clases medias las que por interés se castellanizaron porque sus hijos tendrían más posibilidades educados en una gran lengua, en un vehículo de comunicación muy extendido, que en una lengua pequeñita, minoritaria, empleada por poca gente, empobrecida y mayormente en el ámbito rural. Fuimos nosotros los que no supimos capitalizar nuestra ecomomía. Fuimos nosotros los que no supimos aprovechar las ventajas que en un momento dado pudiéramos tener. Aún hoy, el partidillo del minilíder, cuando se habla de ampliar una de nuestras grandes potencialidades económicas, el Puerto de Vigo, se opone furibundamente, como anteayer se oponía a la gran infraestructura gallega, la autopista A-9, que recorre la región de Norte a Sur y nos comunica con Portugal, dejándonos a hora y media de una gran ciudad como Oporto.
En fin, el partidillo que esconde su esencia marxista-leninista, es decir, antidemocrática, pretende dar lecciones a los ciudadanos que no le votan ni le votarán jamás y que son infinitamente mayoritarios. Un partidillo que jamás hubiera tocado poder si la socialdemocracia española no atravesara por uno de los momentos más vergonzosos de su historia. Un partidillo que al instalarse en los despachos oficiales ejerce ya de zorro cuidando de gallinas: usará nuestros dineros para socavar la legitimidad democrática de la nación -España- y hará cuanto esté en su mano para destruir el país cuya legalidad le ha permitido estar donde está. Porque España se asienta en 2005 en principios exquisítamente democráticos pero el partidillo éste y su minilíder no, de ninguna manera.
Pero es que, además, el partidillo y su minilíder son conscientes de una realidad que debe dolerles lo que no está en los escritos: Galicia no sólo no odia a España sino que la quiere bien. Aquí, donde tanta gente se ha tenido que ir lejos a buscarse las habichuelas, el viaje que España ha hecho en una generación desde la miseria de la posguerra al club de las potencias industriales del planeta, no se tiene por una desgracia, precisamente. Estamos orgullosos de poder poner al servicio de nuestro país la seriedad en el trabajo que nos ha distinguido en medio mundo.
Ojalá el sentidiño que nos caracteriza sea mantenido y que no les compremos la mercancía a estos vendedores de espejismos que son la ruina de cualquier nación en el terreno material y en el moral.