viernes, mayo 05, 2006

11-M ¿Quién está loco?

Tengo la impresión de que somos muchos los que en algún momento de nuestras vidas nos hemos preguntado, con tópica pero real preocupación, aquello de si no nos estaremos volviendo locos. Suele ocurrir, por ejemplo, en esos momentos en que un o se queda en una persistente, flagrante y estrepitosa minoría, viendo con prístina claridad lo que nadie más ve. Supongo también que no somos pocos los que por haches o por bes vivimos en esa persistente, flagrante y estrepitosa minoría, particularmente molesta cuando acontece en términos político-ideológicos. Digamos que a mí me ocurre y que vivo rodeado de compañeros, amigos y familiares escorados a la izquierda, en muchos casos con grave riesgo para el mantenimiento del equilibrio, sectarias, andantes, humanas torres de PRISA, digo, de Pisa. Es tal la insistencia que, al menos, una vez al día tengo que preguntar al tipo ese del espejo si persevera en la cordura o se han desatado ya los demonios interiores que llevamos a cuestas las personas, normalmente bien restringidas sus dotes para la locura a una pequeña y razonablemente bien controlada estancia del subconsciente, sita en las catacumbas freudianas, allá por donde caen los abismos menos frecuentados e ignotos.

Viene esto a cuento por la desazón que me produce el ver a mis cercanos, sensatos ciudadanos por lo común, incluso talentosos e inteligentes para muchas cosas de la vida, riendo un día sí y otro también, a mandíbula batiente, gracias a lo que se ha convenido en llamar en ciertos ámbitos, teorías conspirativas sobre el 11-M. ¿Cómo puede ser, me pregunto cada día, que estas personas, valiosas en lo personal y en lo profesional, a las que no se les puede achacar intereses particulares en la cuestión, no alberguen en su fuero interno ni la menor de las dudas?¿Cómo puede ser que todo se reduzca en sus caletres a un análisis del tipo “si lo dicen Losantos, Pedro J., Zaplana y Acebes es que es falso?" ¿Cómo puede ser que no se haya despertado en ellos la chispa de la duda y la curiosidad? ¿Será que, realmente, he sido yo, y no ellos, el que ha caído en las redes de la propaganda malintencionada, el que está siendo manipulado, al que le han hecho ver fantasmas donde no los hay? ¿Será esta vez pertinente, fuera del tópico, la pregunta de si me estaré volviendo loco? ¿No es más fácil que haya un equivocado que un ciento?

Obviamente no es necesario más que un breve repaso sobre el cúmulo de evidencias que destrozan la patética versión oficial sobre los hechos del 11-M, basta una simple enumeración de los sinsentidos, inconsecuencias, falsedades, ocultaciones y miradas para otro lado que componen la investigación judicial y policial oficial para tranquilizar a cualquiera que no esté predispuesto a comulgar con ruedas de molino y hasta con anillos saturninos.

Tranquilidad muy escasa, la verdad. Porque no tranquiliza lo cerca que andamos ya de una conspiración no imaginaria sino con forma de golpe de estado. Y tampoco tranquiliza nada el hecho de que a los seres más queridos y cercanos se les hayan atrofiado algunas de las características más propias de los seres humanos, como las citadas capacidades para la duda y la curiosidad, por no hablar del sentido común. Pero la mera expresión del hecho no nos exime de la obligación de intentar comprender y no debería tampoco eximir de combatirlo a quien puede intentarlo.

Son verdades difícilmente refutables que este país nuestro ha caído en las garras del forofismo político; que la propaganda de la izquierda está resultando muy efectiva de un tiempo a esta parte; que la derecha está siendo un rival muy flojo y que está perdiendo el partido por goleada; que resulta incomprensible que el 11-M no haya provocado ya una catarata de reacciones de la sociedad civil en general, empezando por manifestaciones; que es totalmente incomprensible que el PP se comporte en esta cuestión como si se tratase de un asunto político ordinario y no haya iniciado todas las acciones a su alcance, incluidas las judiciales, contra quienes han ocultado o falseado pruebas o han mentido en la Comisión del Congreso; que la mayoría de los españoles, la inmensa mayoría, ni leen, ni escuchan, ni saben lo que se dice en la COPE, en El Mundo o en Libertad Digital; que la actitud débil, confusa y dubitativa de Rajoy es un factor que da credibilidad ante la opinión pública a la versión oficial; que el PP carece por completo de credibilidad ante la opinión no adicta y a pesar de ello no varía su política de comunicación;que el PSOE no va a tener escrúpulos en hacer lo que le convenga y que los límites de la Ley o la ética no le van a detener…

Y podríamos seguir hasta que se hiciera de noche. Si España lo tiene que fiar a todo a la investigación de una docena de periodistas en el asunto más trascendente de su historia reciente es que tenemos un problema muy serio.

Mientras tanto, en estrepitosa minoría, muchos ciudadanos de a pie, seguimos combatiendo sin armas por el día y dudando por la noche ante el espejo ¿Nos estaremos volviendo locos o los locos son ellos?