lunes, agosto 28, 2006

Incendios, prision preventiva, democracia

Resulta que vivo en una ciudad con ría y para quienes no lo sepan, las rías suelen ser como unos tremendos cuencos naturales. Nunca esta idea había sido tan visible como el medio mes en que este gigantesco cuenco al lado del cual habito estuvo rebosante de humo, nada menos. Entre los aficionados comentábamos la buena historia de ciencia ficción que podría salir de ahí. Da igual, no es de eso de lo que quiero hablarles y no se asusten que tampoco voy a darle estopa al poco lúcido gobierno de la autonomía gallega. Menos aún voy a ofrecerles la solución mágica para acabar con el fuego. Pero sí que quiero ponerles sobre aviso: de las detenciones que se han aireado a los cuatro vientos no va a salir nada. ¿Y? Dirán ustedes. Lo cierto es que nuestra democracia está volviendo a dar muestras de su bajísimo nivel, delante de nuestras narices y ante nuestra indiferencia.

Tenían intención de reunir a todos los detenidos en un paquetito y mandárselo a la Audiencia Nacional para que envueltos en papel de crimen organizado pudieran ser ofrecidos en sacrificio a los medios de Madrid, que son los más útiles para un señor sin escrúpulos como Rubalcaba, especialista en inventarse conspiraciones. Pero la cosa era tan ridícula y patética que se han tenido que comer sus intenciones con patatas fritas y se tendrán que conformar con un disimulado juez de la provincia: poca chicha para demostrar lo valiente que es este Gobierno contra los presuntos incendiarios nonagenarios.

Todo podría haber quedado en una historieta chusca, de la conocida versión “Mortadelo y Filemón” de nuestros poderes públicos sino fuese por que hay cerca de una docena de personas en prisión preventiva por haber cometido el terrible delito de pasar cerca de un fuego llevando un mechero en el bolsillo, además de los culpables a los que tendrán que soltar por falta de pruebas.

Pensando en ello uno no acaba de verle la gracia por ningún lado. Uno se imagina la cadena de gritos bajando desde los distinguidos despachos ministeriales hasta la mesita desordenada de un poli cualquiera que concluye con el arresto del pringao de turno. Uno se imagina al montón de pelotas más papistas que el Papa buscando pirómanos hasta en su casa, uno se imagina a los ciegos jueces capaces de hacer pasar a un pobre ciudadano un mes en la cárcel sin un juicio, sin una condena, sin un testigo siquiera que le hubiera visto cometer el acto criminal y siento una gran ira, una gran tristeza. Con este tipo de transgresiones del ideal democrático es como algo tan delicado como un sistema de libertades se pierde por el sumidero.

Pudieran estas pequeñas cosas pasar por irrelevantes ante las grandes desgracias de la España del Iluminado, pero yo sé que no lo son, que este tipo de pequeñas cosas son el inicio de la metástasis y que si no se ataca pronto el mal luego será demasiado tarde. Y bien que lo lamentaremos. Porque, ya lo saben, entonces empezará a ser habitual que no sea del lechero la llamada inoportuna sino de unos poderes públicos que irán poco a poco olvidando que los ciudadanos libres no tienen que vivir demostrando ser inocentes de nada. Ya son inocentes mientras no se demuestre lo contrario.