viernes, junio 20, 2008

España-Italia: principalmente, una cuestión de cojones



“Oh, che sciagura d’essere senza coglioni!" Cita en una de sus obras Samuel Beckett, quien a su manera, tenía un fino sentido del humor, con Belacqua como declamante, personaje que Dante sitúa en las puertas del Purgatorio de su Divina Comedia. Nuestro enfrentamiento futbolístico con los hermanos italianos me ha traído a la memoria esta frase que, por otra parte, es de las pocas cosas que hay registradas en la lengua trasalpina en el disco duro de mi cerebro. No me negarán que la frase es sugerente en un contexto futbolístico donde los coglioni, o sea, la testosterona aplicada al juego, o sea, la competitividad máxima, suelen ser un factor de esos que marcan las diferencias. Para quien no lo haya cogido, la frasecita de encabezamiento viene a traducirse como sigue: Oh qué desgracia estar [no tener, vivir sin, haber sido privado de, etcétera] sin cojones. Lo testicular en el fútbol es un aspecto no menor.

Permítanme una pequeña digresión. En esta época de tribulaciones masculinas e imperio de una corrección política que no es otra cosa que la rendición idiomática de la derecha ante la izquierda, con lo que ello conlleva de rendición ideológica, la apelación a los genitales masculinos como metáfora de la competitividad no gusta mucho entre esos aseadopensantes y vacuoparlantes que tanto predican la igualdad de género, desconociendo a propósito o por ignorancia que el género es categoría gramática y no de otra índole, pero… en fin… Esta singular suerte de líderes sociales que ha dado nuestra época, para demostrar lo mucho que creen en esta igualdad, suelen dirigirse a sus auditorios dividiendo sistemáticamente en dos grupos a las personas, que ya no son tales sino, principalmente, señores y señoras, chicos y chicas, vascos y vascas, miembros y miembras. Por tanto, su idea de la igualdad comienza con la destrucción de la categoría “persona” a la que todos pertenecemos irremediablemente por igual para entrar en la categoría de especímenes humanos con órganos sexuales externos o internos, algo en lo que, por narices, nos diferenciamos unos y otras. Es decir, predican sobre la igualdad destruyendo la primera que se encuentran.

Hablábamos de fútbol, cuya capacidad de fascinación universal viene, entre otras razones, por esta facilidad con que todos encontramos algún paralelismo entre el juego y la vida misma. Y hablábamos del fútbol y su relación con los cojones, lo que le debe convertir en un espectáculo machista, porque los cojones son constantemente aludidos en el análisis de los encuentros. Se suele hacer con alusiones eufemísticas, claro está. Por ejemplo, es usual que las declaraciones los deportistas, los entrenadores, los directivos y los analistas profesionales hablen de poner sobre el terreno de juego “lo que hay que poner”. No obstante, o quizá por ello, a las mujeres les gusta mucho el fútbol.

Tras el vendaval de universalización del football, del soccer, del calcio, del balompié, las diferencias técnicas y tácticas entre los equipos han quedado reducidas a su mínima expresión. Ya no es razonable esperar salir a la cancha a golear a Malta por 12 goles y hacerlo con ocho delanteros. Ya no hay partidos que los equipos presuntamente grandes ganen desde el autobús. Eso ya no existe. El fútbol es quizá el deporte donde existen menos diferencias entre los mejores y los no tan buenos, el deporte donde los débiles tienen más posibilidades de batir a los fuertes, lo que sin duda constituye otra de las razones de su enorme popularidad. Basta recordar el resultado de la Eurocopa del 2004 para comprender hasta que punto esto es cierto: una selección muy mediocre se hizo con el título a base de estrategia, algo de suerte y cantidades ilimitadas de coglioni.

Recuerdo perfectamente una entrevista con Hugo Sánchez, en el cénit de su carrera deportiva, en la que explicaba su capacidad goleadora. El mexicano afirmaba que había muchísimos jugadores, incluso en categorías inferiores, con mayores capacidades técnicas que las suyas propias: la diferencia, que hizo de él uno de los mejores goleadores que se recuerdan en la liga española, no fue técnica sino psicológica. Ese instinto competitivo, esa obsesión por ser el mejor, ese empeño por marcar goles, esa desesperada pulsión ganadora, convirtió a Hugo Sánchez en una leyenda. Los aficionados podemos recordar su mala baba en el campo de juego, su desvergüenza para hacer lo que fuese necesario en cada momento. Y también podemos citar, sin pensarlo demasiado, un montón de jugadores extraordinariamente dotados pero que sólo tuvieron carreras mediocres. Un ejemplo paradigmático podría ser Patrick Kluivert, un jugador de técnica exquisita y elegantísimo porte, que fue incapaz de convertirse en otra cosa que un figurín ciclotímico. Muchos futbolistas con una estética opuesta a los principescos ademanes de los muchos kluiverts que han sido, son y serán, es decir, con una estética más popular, mucho menos dotados en lo técnico, sin embargo triunfaron, e incluso construyeron, ladrillo tras ladrillo, una auténtica leyenda. Estoy pensando en gente como Quini, Enrique Castro, o el propio Raúl.

Es en esta batalla de los coglioni donde los italianos siempre nos han “dao pal pelo”. Ochenta años de cortes pelo, para ser exactos. Cuando entrevistaban al Buitre que despuntaba en el Castilla sobre su estrellato en ciernes, el suyo y el de su Quinta solía responder: “Yo no soy el bueno, el bueno es Rafa”. Se refería a un Martín Vázquez cuyas exquisitas cualidades técnicas no sirvieron para hacer una carrera brillante sino una muy menor. Hoy podría haber un, digamos, Puyol o un Capdevila que dijese que el bueno es Iniesta, o Torres, o Silva. Nadie, en su sano juicio dirá que el bueno es Puyol. El bueno es, digamos, Del Piero no Gatusso.

Pero, ay, hoy para ganar en el futbol se necesita ser bueno, sí, pero hay que ponerle más coglioni que nadie en la cancha porque si no la excelencia técnica no servirá de nada. Por eso no he citado a Villa o a Xavi Hernández, o a Pirlo en nuestros rivales, que son gente muy buena técnicamente y, a la vez, gente luchadora, competitiva y ganadora.

El Italia-España del domingo lo ganará un gran equipo, plagado de futbolistas extraordinarios en el manejo del balón. Eso es seguro porque ambos equipos responden a esa descripción. La suerte aparte (grandísimo y determinante factor que no puede ser obviado), el enigma que se responderá a última hora del día 22 de junio próximo es quién ha ganado el partido psicológico que se juega simultáneamente. “Oh, que sciagura d’essere senza coglioni” le dirá Belacqua con sorna a un deprimido equipo de hombres que se irá de cabeza caminito del Purgatorio, en fila india y con desconsoladas lágrimas corriendo por su rostro, que es la moda de nuestros días.

Por cierto, S. Beckett escribió More Pricks than Kicks. Aplíquese a la cuestión tratada.


miércoles, mayo 14, 2008

MaríaSan Gil no tiene sensibilidad con esto del terrorismo


La débil y derrotada ETA ha echado abajo una casa cuartel de la Guarda Civil poniendo 300 kilos de liberación nacional en un coche y liberando de su perra vida a un joven guardia.

La clase política española es unánime en su consternación. El presidente Rodríguez porque ve alejarse un poco más su Premio Nobel de la Paz; y también por la muerte del servidor público.

El ministro de la Oposición Rajoy porque sabe lo bien que utiliza el PSOE la propaganda en días como éste (aún tiene pesadillas con la encerrona que le montó Patxi López en el asesinato del ex concejal socialista de Mondragón, Isaías Carrasco, unas horas antes de las elecciones del 9-M y lo mucho que exprimieron en las teles prosociatas, o sea, en todas, por ejemplo, las declaraciones de la hija del asesinado); y también por la muerte del servidor público.

El presidente de la Comunidad Autónoma de las Vascongadas, Juan José Ibarretxe, también está muy afectado porque no queda muy bien que él esté dando la matraca con lo del referendo liberador y vengan sus chicos de la gasolina, ahora ya en el primer equipo y le llenen los telediarios de sangre y escombros, lo cual puede muy bien considerarse publicidad negativa para los vascos y las vascas; y también por la muerte del servidor público.

La lista de compungida unanimidad es larga porque según se dice unánimemente hoy sólo es día de unanimidad compungida: cualquier otra cosa está fuera de lugar. De hecho, en los medios de comunicación que repentinamente se han convertido en paladines entusiastas de la causa de Rajoy, así como alguno de esos fieles colaboradores que van a todas partes con su líder para poder llevarle tanto el maletín como el respirador artificial que le mantiene con vida, le han reñido a María San Gil por referirse a otra cuestión política en vez de sumarse a la compungida unanimidad. Casualmente la cuestión política a la que se ha referido tiene ver con el liderazgo del PP, más en concreto la obvia negativa de algunos a que el liderazgo lo ejerza alguien que está entre zombie y catatónico. Si es que San Gil, como todos sabemos no tiene ninguna sensibilidad con esto del terrorismo ¿qué sabrá ella?

viernes, mayo 09, 2008

Rajoy: el egoísmo atroz de un cadáver renovador de la nada


El PP obtuvo un buen resultado en las elecciones del 9-M. Rajoy estaba en una muy buena situación para liderar el partido hacia una victoria electoral mejorando los puntos débiles: la comunicación con la sociedad, la imagen del PP creada por sus enemigos, cierta falta de ambición en el programa, la escasa democracia interna del partido, y la tibia apuesta por la regeneración democrática de la Nación, la blanda lucha en la batalla cultural e ideológica frente a la todopoderosa cultura progre, y un equipo rector de nivel discutible en el entorno de Rajoy. Pero la mejora que ha emprendido Rajoy no ha sido tal sino todo un proceso de rectificación, por un lado, y una especie de paranoia respecto a su liderazgo por otro. Siendo que el PP había obtenido un buen resultado electoral, la cuestión que se planteó inmediatamente fue, y es, si dicho resultado es un insalvable techo electoral o un magnífico suelo desde el que elevarse. No cabe duda respecto a que Mariano Rajoy ha considerado que la hipótesis del techo es la correcta y hete aquí que en apenas unos días montó el solito la marimorena aprovechando, de paso, para ponerse al cuello algo muy diferente de su famosa corbata de la suerte.

Dejando a parte la cuestión de la buena fe, de importancia relativa para la parte liberal-conservadora de la sociedad española, lo cierto es que el evidente suicidio político de Mariano Rajoy no lo va a padecer él en persona solamente, sino que en su ceguera va a arrastrar a la principal herramienta de la que, hoy por hoy, disponemos los ciudadanos que no comulgamos con el zapaterismo para evitar que se lleven a cabo los planes socialistas para España. En ese sentido el comportamiento de Rajoy está siendo de un egoísmo atroz y el daño que está causando a la Nación será irreparable, porque si ya iba a ser difícil, de cualquier manera, parar los pies al presidente Rodríguez y a sus aliados antiespañoles, hacerlo sin contar con un PP que esté en disposición de ganar unas elecciones en cualquier momento será imposible.

Es evidente que Rajoy no ha comprendido nada de lo ocurrido desde las elecciones. Aún en el mejor de los casos para su causa, que conservase, digamos, un 80% del apoyo obtenido el 9-M, no alcanzaría para lograr la gobernación del Estado. Sin embargo, es altamente improbable que se vuelvan a producir unas elecciones con un nivel de excitación popular como el vivido en España el pasado mes de marzo, con lo cual es previsible que la pérdida sea mayor. Muchos votantes nos hemos sentido defraudados hasta el punto de que Rajoy no recuperará nuestro voto. Pero es que, además, antes de las elecciones generales de dentro de 4 años, habrá de pasar otros procesos electorales en los que sus perspectivas no pueden ser peores. Su alter ego gallego, Núñez Feijoo, se va a dar un batacazo morrocotudo. La valiosísima María San Gil rema contracorriente y poco podrá hacer con el respaldo de un PP nacional prácticamente K.O. Y las elecciones europeas son el marco ideal para que los votantes y simpatizantes del PP muestren su desapego del líder con la conciencia tranquila de no dañar a su país facilitando la victoria del PSOE. Aunque no se produzca una debacle quedará claro que Rajoy no puede llevar al PP al poder después de su comportamiento tras el 9-M. Cualquier analista objetivo es consciente de ello.

Rajoy ha errado profundamente, y ya no tiene arreglo, en demasiados asuntos: la loza está rota y no hay ninguna posibilidad de que pueda reconstruirla. No puede recomponer la simpatía de quienes en el ejercicio de sus derechos democráticos criticaron algún aspecto de su gestión y fueron respondidos con extrema hostilidad. No puede recomponer el desaguisado ideológico que ha cocinado con su peculiar sentido de lo que debe ser un partido transversal que integre diferentes ideologías complementarias y en el cual, según él, no caben los que profesan esas mismas ideologías que él quiere integrar. No puede recomponer la sensación de haberse desecho de grandes personalidades del PP para rodearse de medianías que a nadie resultan atractivas más que, presuntamente, a él mismo. No puede recomponer la imagen de voracidad estalinista con que ha afrontado el próximo congreso de Valencia, desde la recolección de avales al desprecio por la democratización interna, pasando por la hostilidad desmedida a cualquier tímido intento de presentar una alternativa. No puede recomponer la impresión de descontrol emocional con que ha recibido las críticas desde los medios de comunicación que leen o escuchan sus posibles votantes ni la impresión de secuestro de su voluntad con que esos mismos votantes reciben, atónitos, los parabienes que dedican a la gestión de Rajoy los medios de comunicación enemigos de cuanto representa o debería representar el PP. Y, sobre todo, ya no podrá recomponer la imagen que ha proyectado en la sociedad de líder que pierde los papeles en las dificultades y reacciona de forma pueril a la crítica.

Mariano Rajoy está pretendiendo, sin tener el desparpajo y la caradura necesaria para hacerlo sin ponerse colorado, repetir la operación de Felipe González para deshacerse de la contestación interna que representó, vagamente, el guerrismo. Él, que era el máximo representante del poder y el aparato dentro del PSOE desde los años 70, se erigió en el máximo líder de un presunto sector renovador. Pero González tenía cara para eso y mucho más y, sobre todo, tenía abducida la voluntad de los simpatizantes, votantes y militantes socialistas. Rajoy, un señor serio que dista mucho de disponer de las cualidades de vendedor de colchones usados que adornaban a Felipe González, no es un líder carismático que vaya a contar con el apoyo automático de las masas de centro-derecha españolas. González podía pedir a los suyos que le votasen para salir de la OTAN, primero, y para quedarse, acto seguido, sin solución de continuidad, y no pasaba nada. Ahí se quedó el carismático líder ganando elección tras elección. Pero Rajoy no puede pedir a los suyos que le voten para oponerse radicalmente al proyecto zapaterista de disolución de la Nación y dos días después pedirle que le voten como máximo representante de la cláusula Camps y la adaptación sumisa al nuevo régimen. No puede pedir al centro-derecha español que le vote con Acebes y Zaplana como sus principales peones y a los dos días pretender que los había tenido que tolerar por imposición de Aznar y que, ahora sí que sí, va a poner a sus verdaderos hombres. Esa mitad de españoles contraria a los designios progres, leal a la patria que han recibido de sus mayores e incondicional de la libertad, no va a seguir a Rajoy en sus cabriolas políticas y un serio señor de derechas registrador de la propiedad debería saberlo mejor que nadie.

Rajoy, que es un cadáver político andante que va en pelotas sin que nadie en su corte de avalistas aprovechados se lo haga notar, pretende llegar al congreso de Valencia y, a la búlgara -como Jiménez Losantos ha popularizado en estas semanas- presentarse como el gran renovador del Partido Popular. Alfonso Guerra, que hizo de las maldades dialécticas un arte, cosió al traje de aquel movimiento “renovador” del PSOE que dirigía González en la sombra, una definición que le iba como anillo al dedo y que quedó para la pequeña gran historia de las intrigas políticas: renovadores de la nada. Lamentablemente a Rajoy, como a los Arenas, a los Feijoo, a los Camps y a todos los demás que velan al moribundo con la esperanza de heredar su poltrona, la definición les queda igual de bien. Son los renovadores de la nada del PP.

sábado, mayo 03, 2008

Calvo-Sotelo y la destrucción nacional


El nombre de Leopoldo Calvo-Sotelo es uno de mis primeros recuerdos políticos. Junto a él, otros recuerdos políticos primerizos son los nombres de Adolfo Suárez, Landelino Lavilla, Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Xosé Manuel Beiras… Ninguno es ya protagonista de la vida política española. Queda Guerra chupando banquillo, sí: pero no pasa de figura decorativa de la cual la dirección del PSOE no sabe como desembarazarse. Anotada la excepción, lo cierto es que la generación de la Transición es ya Historia. Ésta va haciendo su parte y la biología la suya.

Hoy se ha muerto Calvo-Sotelo, uno de mis primeros recuerdos políticos. Otros recuerdos político-infantiles míos son: la muerte de Franco, pintadas cutres en las calles de mi ciudad en las que se tildaba de fascista a Suárez, la pegatina del Referéndum Constitucional del 6 de diciembre de 1978 que había acabado en la puerta de mi habitación... Una época que ya no es presente sino Historia Contemporánea, o sea, anteayer.

Yo, en esos años de tierna infancia me creía, y así lo declaraba a los cuatro vientos, comunista, un comunista cuyo internacionalismo estaba gravemente contaminado de nacionalismo gallego. Desde este punto de vista me parecía muy bien que las pintadas chorreantes y chapuceras de mi ciudad, muy lejos de la cuidada y muy profesional estética que atrae turistas al Ulster, por ejemplo, afirmasen con rotundidad el carácter fascista del presidente del Gobierno de entonces, Adolfo Suárez. Sin embargo, no lo comprendía muy bien, puesto que la propaganda televisiva dejaba claramente sentado que la Constitución española era una de las más avanzadas y progresistas del mundo. Recuerdo haberle preguntado a mi padre, socialista de pro, acerca de esta cuestión aunque no recuerdo la respuesta.

Pasados los años uno se va dando cuenta de ciertas cosas. Suárez, como Calvo-Sotelo, como Fraga, como Martín Villa, como Torcuato Fernández-Miranda, como tantos otros, eran personajes extraordinariamente molestos para una progresía que venía haciéndose con el poder mediático, con el mando en la plaza del oficialismo cultural ya desde los últimos años del franquismo. Eran figuras incómodas porque viniendo del régimen autoritario surgido de la Guerra Civil se habían destacado por haber contribuido más que nadie a la instauración de un régimen democrático en España.

Hoy no les queda más remedio que aceptar oficialmente esta preminencia, al tiempo que trabajan con denuedo en el socavamiento de su legitimidad moral. Es fácil imaginar los lacrimógenos panegíricos que se publicarán en la muerte de Fraga, después de haberle tratado de ministro sangriento de la ominosa dictadura toda su vida.

Así, hoy vemos por doquier las más amables palabras acerca del presidente más breve de nuestra democracia, mientras existe todo un proceso de demolición del régimen político surgido de la Transición que fue avalado por aplastante resolución popular aquel 6 de diciembre de la pegatina de mi habitación. Este comportamiento hipócrita no es nada que yo tenga que descubrirles a ustedes, pues forma parte de la habitual y conocidísima idiosincrasia de una izquierda asociada al nacionalismo antiespañol que jura sus cargos ante una bandera bicolor que detesta mientras sueña con su bandera tricolor, la única que su corazón reconoce.

Hay una gran diferencia entre los políticos de aquella Transición, a quienes solemos considerar hombres generosos que supieron aparcar sus diferencias en aras de una concordia de la que España andaba necesitada para cerrar las viejas heridas de la confrontación guerracivilista. No cabe duda de que mientras unos cedieron desde la posición del más fuerte porque creían estar pactando algo que sería asumido por todos con sinceridad, otros aceptaron sin entusiasmo, desde su posición de debilidad, un estado de cosas que siempre consideraron provisional hasta que un cambio en la relación de fuerzas les permitiese cambiarlo. Ni la izquierda ni los nacionalistas antiespañoles consideraron jamás como algo propio el régimen constitucional del 78. Hombres como Calvo-Sotelo, que hoy nos deja, o Gabriel Cisneros, que lo hizo ha bien poco, han llegado a vivir lo suficiente como para asistir al momento en que la izquierda y los independentistas se quitan la careta y empiezan a denunciar el pacto constitucional como una imposición del fascismo franquista. Hoy se sienten lo suficientemente fuertes como para abrir un nuevo proceso constituyente y como para hacerlo sin atenerse a norma alguna más allá del mero poder. No necesitan que sus acciones sean constitucionales, les basta con controlar los altos tribunales nacionales. No necesitan expulsar la lengua común de los españoles de las leyes que redactan, les basta con no cumplirlas. No necesitan abrir un proceso de honesto de confederalización, les basta con hacer que en las autonomías el estado español resulte algo “residual”, como afirmó en un alarde de franqueza Pasqual Maragall. Etcétera.

La muerte de Calvo-Sotelo, como el Alhzeimer de Suárez, tienen algo de simbólico. La izquierda y el independentismo aceleran sus pretensiones, se dice que el Tribunal Constitucional tiene decido ya aceptar el término “Nación” en el Estatuto catalán, mientras la derecha se decide entre morirse u olvidar trágicamente lo que pudo haber sido y no fue para repetir los errores del pasado sin que le moleste demasiado la conciencia. Si la derecha no estuviese renunciando a representar la aspiración de una parte importantísima de la población de que la nación española no deje de existir, recordaría cómo la CEDA alfombró el paso marcial de la izquierda hacia sus objetivos. La CEDA, por así decir, en nuestros días se puede identificar por la conocida “cláusula Camps” o estatuto andaluz o política lingüística gallega o balear.

En mis recuerdos infantiles, aquellos hombres creyeron que podrían pactar la instauración de un régimen auténticamente de todos y para todos en España, cometiendo un trágico error que ha acabado por arrastrar a todo el mundo, incluidos sus herederos políticos. Sus buenas intenciones acabaron por estrellarse contra la falta de lealtad de una parte importante de la clase política profesional española, porque lo cierto es que en la calle sí que su empeño llegó a triunfar. Muchos de los votantes socialistas y nacionalistas sí consideran suyo el régimen del 78 y si su voto es utilizado sistemáticamente en contra de él es debido a una estrategia y una praxis políticas muy bien concebidas que son llevadas a cabo por unas maquinarias partidistas perfectamente engrasadas que cuenta, además, con el uso espurio de las instituciones y sus gigantescos presupuestos financiados por todos. Además cuentan con la colaboración entusiasta de una derecha política que nunca ha sido capaz de establecer, ni por asomo, unas estrategias de defensa de la Constitución del mismo alto nivel de quienes la atacan.

No me cabe ninguna duda de que Calvo-Sotelo se habrá ido a reunir con su creador siendo totalmente consciente de todo esto. Con todo, a pesar del error de proporciones históricas, probablemente irreversible, de haberle dado a los enemigos de España y de la libertad individual, los instrumentos necesarios para trabajar en su destrucción, tampoco me cabe ninguna duda de que también han rendido grandes servicios a los propios españoles y a su propia libertad, en paradoja sólo aparente. Hoy todos somos bastante más libres y mucho más prósperos, lo cual sin duda se debe, en gran medida, a las condiciones creadas por hombres como Calvo-Sotelo.

Y tampoco me cabe ninguna duda de que si bien su generación pudo conceder enormes ventajas a quienes ansían la destrucción de la Nación no es menos cierto que en el hecho de que vayamos perdiendo la batalla tenemos una responsabilidad compartida cada uno de nosotros. Unos somos más responsables que otros, por supuesto. En la cuestión nacional la generación de la Transición metio la pata hasta el corbejón, cierto, pero los políticos que la sucedieron se han distinguido cum laude en la perseverancia en el error.

Descanse en paz, Leopoldo Calvo-Sotelo, con mi reconocimiento.

lunes, abril 28, 2008

PP: hoy, Montoro en la SER. Suma y sigue hacia el suicidio


Montoro, sí, Don Cristóbal, ese señor con tanto sentido común guardado en su caletre, ese que tan bien lo hizo como ministro de la era Aznar, ha confirmado un par de cosas en la SER, en dónde si no.

Una, que el ataque de oficialismo en el PP tiene toda la pinta de ser letal, es decir ofrece garantías casi ilimitadas de que cuando el señor Rajoy acabe de hacer lo que sea que se haya propuesto hacer, el PP, el gran partido de masas de la democracia española, presentará unas condiciones totalmente incompatibles con la vida, como se suele decir en esta época de los eufemismos.

Y dos, que el proceso de rendición incondicional ante el zapaterismo del Partido Popular se haya en avanzado estado, que las muchas huellas del crimen que se pueden apreciar día a día no son, en absoluto, improvisados excesos propios de esa versión cutre del periodismo que es el periodismo declarativo sino que ofrecen todas las características de un plan consciente, una estrategia anclada ante la opinión pública con toda una panoplia de eslóganes y sofismas de medio pelo que producen arcadas en cualquier librepensador medianamente informado, un argumentario atroz absolutamente indigno de un partido que se quiere presentar y de hecho se acaba de presentar en proceso electoral ante los ciudadanos españoles como el partido de la libertad.

Don Cristóbal ha lanzado a los cuatro vientos su incondicional apoyo al Gran Timonel barbado, y lo ha hecho con un indisimulado aroma de peloteo a lo repelente niño Vicente capaz de hacer enrojecer de vergüenza ajena al bicho con más conchas del planeta. El tono empleado por el former minister del hispánico Kingdom es desagradable en cualquier persona pero en una particularmente dotada de inteligencia y con un currículo tan brillante a sus espaldas alcanza la categoría de estomagante, de furiosamente alergénico. Su apoyo al Gran Timonel es para ahora y para siempre, para el próximo congreso del PP, para la candidatura a la presidencia del Gobierno y para cualquier cosa a la que se presente en la que haya que elegir entre él y él mismo, que es el máximo alarde de libertad al que aspira ahora mismo este PP ataráxico, autista y genuflexo, como casi dijo el poeta que vio como habían de volver las oscuras gaviotas. En el algodonoso pseudointerrogatorio en el que le encerró un Francino encantado por el "nuevo buen rollito" del partido antes representante de la mitad liberal-conservadora de la Nación y hoy aspirante a aspirante de representante de todas las ideologías existentes y por inventar, el "agudo" protoperiodista catalán sugirió, con la molicie necesaria para no alterar una conversación cervantinamente ejemplar de lo que van a ser las cosas con la nueva oposición, que, tal vez, sólo tal vez, dicho con todos los respetos, sin ánimo de molestar, dejando las puertas abiertas hacia los cerros de Úbeda por si el entrevistado se sentía, uf, demasiado "tensionado", que quizás y sólo quizás, Don Cristóbal, relájese y disfrute, una legislatura es demasiado tiempo para pretender dejar cerrada tan pronto la candidatura popular para las próximas generales y que, en hipótesis y sólo en hipótesis, esté usted tranquilo que no pretende PRISA fastidiarles su viaje al centro y la adquisición de su nueva simpatía natural, pueden pasar aún muchas cosas.

Desterrada la horrorosa época guerracivilista, la era de la crispación que hubo de padecer en sus carnes el pobre Gran Timonel recibiendo no una paliza sino la simbólica paliza de 1,3 millones de votos y a solas, rodeado de extraños, sin su verdadero equipo para respaldarle, osó Don Cristóbal aceptar que sí que pueden pasar muchas cosas en el Ministerio de la Oposición pero que también pueden acaecer en los ministerios gubernamentales, es decir, en el resto de los ministerios gubernamentales, empezando por el primero. Y si no, obsérvese lo acerado del contra-ataque, fíjense, señaló el dedo anteriormente crispador y hoy cuasi simpático para todos y todas los ciudadanos y ciudadanas de los pueblos y pueblas de España, sin ofender sea dicho, en la situación económica. Traducido del politiqués ello quiere decir lo siguiente: que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, que caiga un buen chaparrón que nos saque de la Oposición.

¿Le parece irrelevante? Si usted es una persona de orden, biempensante, de esas que según dicen han dejado de escuchar en masa a Federico Jiménez Losantos porque no soportan que se ya no apoye al Gran Timonel popular, se lo parecerá. Sin embargo, llamo su atención sobre los incuestionables aires de consigna que soplan desde la calle Génova de la Capital de nuestro viejo reino. Ya antes de las elecciones se escapó de una cuadrada cabeza la primera señal de que los aparatchik genoveses mantenían conversaciones privadas que se transformaban abruptamente en público. En la prensa progre de otro reino unido que como se descuide también se puede descoser, un brillante Gabriel Elorriaga quiso rendir tributo a Freud y pronunció en lapsus lo que no tenía previsto en politiqués. Como es usual en el PP “se comunicó mal”, lo que va de suyo en el secretario de Comunicación de la formación política. En realidad, lo que hizo fue cometer una indiscreción que ahora cobra un profundo significado que entronca con las declaraciones montorinas. La elorriagada pre-electoral rezaba así: “Sabemos que [los electores socialistas] nunca nos votarán. Pero si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, la inmigración y las cuestiones nacionalistas, entonces quizá se queden en casa”. Y hoy, para redondear su mendicante oración por una buena tormenta económica con muchos parados, muchas quiebras de empresas, muchas dificultades crediticias y demás, lo cual supondría un mal menor, es decir, muchos españoles pasándolas canutas, pero un bien mayor, el regreso al Gobierno del Gran Timonel y su cuadrilla, así como la posibilidad de enchufar a la manguera de ordeñar la vaca estatal para los miles de desteñidos ideológicos cuya principal virtud es el oficialismo rajoyesco, en la montorada prisaico-matutina ante el sereno sacerdote , el antiguo ministro de las finanzas hispánicas afirmó que lo que tiene que hacer el PP para ganar las elecciones es conseguir que vote menos gente a Zapatero (sic). Es verdad que la frase está sacada de contexto y me adelanto a la crítica y la reconozco: también afirmó que el PP tenía que conseguir que le votase más gente ¡Faltaría más! Pero también esta frase está sacada fuera de contexto. El melancólico contexto nos remitía a felices tiempos en que, otra vez, encoré une fois, again and again and again, Don Cristóbal, qué fácil imaginarle con los ojos humedecidos, se sentaba en el Consejo de Ministros habiendo conseguido más o menos votos que los obtenidos por el PP en las últimas elecciones ¿Acaso no es la misma idea? Si el Gobierno se desgasta nosotros heredaremos la hacienda. Así rumiaban antes del 9-M, cuando fingían una combatividad impostada, y así rumian ahora cuando la nueva impostura es el buen rollito de los simpáticos pegados al terreno nacionalsocialista desde la no-doctrina y la ideología total exhispanodiversocristianocentroconservadoraizquierdoliberal y de amigos de la ecomemoria históricoagnóstica de los amigos de las ONG’s, la ONU y los museos del fin de las civilizaciones y las alianzas de las mismas y seguidores requetesuperfieles de Albert Gore y el Loado primo del Gran Timonel.

Que existe un patrón en las consignas lo veo hasta un ciego. Que se compite en la organización pepera por ver quien se coloca mejor para el castañazo supino que se va a dar el Gran Timonel en las elecciones próximas y que las reglas de la competición parecen ser las de a ver quien es más ridículamente oficialista, más pomposamente antiliberal, más esquizofrénicamente simpático a los no-votantes populares y antipático a los votantes y simpatizantes, más furibundamente antidemocrático y, en definitiva, más estúpidamente suicida en términos políticos, lo está viendo el país entero, en moribundo y en directo. Anteayer fue Elorriaga adelantándose al pistoletazo de salida y soltando por esa boquita lo que no se puede comentar fuera del círculo de los iniciados, por Dios, Gabi, por Dios; hoy fue Montoro confraternizando con el adversario en casa de éste mientras se tomaba el té de la modorra fraguiana servido con sorna por el fantasma de Polanco; y entre modorra fraguiana y modorra fraguiana, mil y una declaraciones de todos los feijoos, lasalles y sorayos del universo mundo popular, de esas que conducen derechito-derechito al techo de los ciento y pico diputados y era zapaterista hasta quién sabe cuando. La esperanza hace un par de meses era escasa, hoy es un insulto a la inteligencia. Bye, bye, España, bye, bye libertad.

sábado, marzo 29, 2008

La derecha española y los Trífidos


En el maravilloso clásico de la Edad de Oro de la ciencia ficción “El día de los trífidos”, su autor, John Wyndhan, nos muestra un mundo súbitamente transformado. La inmensa mayoría de los terrestres han perdido la vista y están condenados a una más o menos lenta muerte. Los que han tenido la discutible fortuna de no perder el preciado sentido, sobreviven amenazados por una especie de plantas carnívoras de dudoso origen cuya singularidad más aterradora es la capacidad de desplazarse y lanzar letales dardos envenados. Más aún, a pesar de su apariencia irracional –carecen de órganos que puedan desempeñar funciones similares a las de nuestro cerebro-, parecen ser capaces de aprender y de desarrollar estrategias.

Quienes no han perdido la vista, sobreviven como pueden, con muchas dificultades y contrariamente a lo que hacen los trífidos, tardan en comprender los radicales cambios acaecidos en el mundo y se muestran incapaces de desarrollar una estrategia común. Así las cosas, los restos de la Humanidad se van disgregando hasta quedar reducidos a pequeñas tribus, pequeñas unidades de supervivencia. En el paroxismo de la incapacidad para la adaptación, un día aparecen unos exaltados con la pretensión de ser los representantes del Estado y de su Ejército. Rápidamente son barridos por los trífidos, que los superan en número de una manera apabullante, en capacidad estratégica, en capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias (los trífidos carecen del sentido de la vista) y, sobre todo, en determinación, absolutamente ciega -nunca mejor empleado el adjetivo- en el caso de las plantas carnívoras.

Al releer recientemente la novela, se me aparecieron innumerables paralelismos, circunstancias que me recordaron a la situación política española y que quiero compartir con ustedes.

Una vez conocido el resultado de las elecciones legislativas creí, como muchos, que había motivos fundados sino para el optimismo si, al menos, para no caer rendidos a la desesperación. Creí, en definitiva, que el resultado proporcionaba un claro mensaje: cierto que los partidarios del zapaterismo, dentro y fuera del PSOE, sumaban más votos que sus opositores pero que habiendo demostrado éstos una fuerza enorme y consolidada, el proceso de desmembración nacional, que es el mismo que el de la ilegítima demolición del Régimen Constitucional refrendado por la Nación en 1978, no podría seguir realizándose del modo tan descaradamente rupturista en que se ha venido realizando en la última legislatura.

Dicho de otro modo: en las primeras horas tras las elecciones, incluso el Gobierno pareció comprender que media España había puesto pie en pared afirmando con rotundidad que en esa dirección, ni un paso más. Es más, resulta bastante evidente si se repasan las valoraciones políticas de esas primeras horas, que el Gobierno se sintió bastante desconcertado ante el espectacular resultado de la oposición. En los 30 años de democracia, jamás una oposición había sido tan fuerte. Sin embargo, la oposición era, precisamente, la única que no se enteraba de la evidencia. El resultado fue que, inmediatamente, la fuerza del resultado electoral de la oposición se diluyó como un azucarillo en el océano, dilapidada irresponsablemente por un partido político incapaz de comprender el mensaje arrojado por las urnas: el zapaterismo no estaba autorizado a continuar con su ilegítima labor de destrucción constitucional.

El Gobierno, como los trífidos, se adaptó inmediatamente a las nuevas circunstancias. Sus componentes pueden no ser muy brillantes en términos intelectuales, pero en términos estratégicos se meriendan día tras día a la oposición. El zapaterismo comprendió inmediatamente el peligro del resultado electoral y tras unas horas de desconcierto comenzaron una labor metódica e implacable para desactivar los objetivos peligros que le acechaban.

Lejos de hacer lo mismo, la oposición dictó una impresionante lección de cómo desperdiciar 10,2 millones de votos en un par de días. España es muy diferente a la de 1978, los que no han perdido la vista lo han comprendido hace tiempo. Su voto al PP el 9 de Marzo del 2008 es el canto del cisne de una España que se ha perdido por el sumidero de la historia. Sin embargo, aquí aparece el señor Rajoy hablando como si fuesen unas elecciones cualquiera en un país normal en el que se dirimen pequeñas cuestiones de detalle en la gestión del presupuesto entre los liberal-conservadores y los socialdemócratas. Rajoy es ese personaje que aparece con la pretensión de representar a un Estado y un Ejército que ya no existen. 10,6 millones de españoles (sólo contando PP y UPD) afirmaron con toda su fuerza que se oponen a la desaparición de España y que quieren que se detenga el proceso de su deconstrucción, que se oponen a la disolución de sus derechos individuales en el ácido histórico de los nuevos reinos de taifas. Pero la respuesta de los beneficiarios de la mayoría de esos votos -que además podrían fácilmente esgrimir que con lo fundamental de sus tesis también coinciden muchos millones de los que no le han votado- está siendo que hay que cambiar de caras y renovar el mensaje ¿De qué mensaje hablan?

Si nos hemos quedado ciegos y la Nación se disuelve llevándose con ella la legalidad constitucional vigente, la estrategia para oponerse a una transformación de semejante calado no puede ser “modernizar” el logo del partido o cambiar los colores corporativos. La ceguera se ha extendido al único partido nacional y de oposición que le quedaba al país. Y la consecuencia en los que conservan la vista será, más que previsiblemente, la resignación y la aceptación del nuevo statu quo, la “Cláusula Camps”, el discurso de la derrota que se va extendiendo como una mancha de aceite. Alberto Recarte, nada menos que editor de Libertad Digital- habla de adaptarse a las nuevas circunstancias, ya que –según él- el 60% del país aprueba la política de Rodríguez Zapatero, y lo afirma en la tertulia de “La Mañana de Cope”, justo unas horas ante de que la combativa Cristina López, en “La Tarde” de la misma cadena radiofónica, haga una alabanza de la religión, afirmando que la vida política no es ni de lejos tan importante como ella. Como en “El día de los trífidos”, la tribu se impone sobre el proyecto colectivo, en este caso España. La derecha progresivamente ex-nacional se prepara para seguir ahondando en el regionalismo filonacionalista ya esgrimido, incluso teóricamente, por todo un ex-ministro de la dictadura franquista como Manuel Fraga, en cuyo haber quedará ya para siempre haber creado las condiciones sociopolíticas necesarias para el desarrollo de lo antiespañol en una tierra como Galicia, tradicionalmente muy hostil a ello. De la Administración Única sobre la que él teorizó al partido único en fusión con los nacionalistas, hay un sólo paso cada vez más factible.

Los trífidos han devorado la Nación y la libertad pero la derecha no ha establecido una nueva estrategia en la que se acepte como premisa fundamental la grave situación en la que nos encontramos. Todo lo contrario, han interiorizado diferentes virus inoculados desde el zapaterismo y desde las elecciones no han dejado de hablar de renovación de “caras y mensajes”, “ganar el centro” y otras simplezas por el estilo. Dan por sentado, al parecer, que intentando hacer más potable para las izquierdas su discurso ganarán nuevos votos y conservarán los que tienen. Así, Rajoy se nos presentará de nuevo como el mejor posible presidente de algo que ya no existe, después de haber conseguido que 10 millones muy largos de personas le votasen en el convencimiento de que, efectivamente, la España que hemos conocido está en trance de desaparecer.

Los trífidos se manejan mejor en las nuevas circunstancias, las mismas circunstancias que están empezando a corroer la posibilidad de un partido interclasista, liberalconservador y nacional. Pero la ceguera se impone. Primero arrasó a la izquierda y ahora ha comenzado con la derecha. Los nacionalistas antiespañoles tienen a España en jaque, si cae la última pieza de la defensa, el mate será inevitable.

lunes, marzo 10, 2008

Chiquilicuatre gana las elecciones españolas (reflexión primera sobre el 9-M)


No disimulemos y no nos engañemos porque no sólo no sirve para nada sino que, además, resulta altamente pernicioso. Ayer fue un día muy triste para nuestra patria: no otra cosa sino tristeza debe producir en una mente sana, en un ciudadano que se quiere libre y que quiere libre a su nación, el ver que Chiquilicuatre ha ganado las elecciones. Porque éste es el gran titular que debería presidir todas las portadas de los grandes periódicos del país: casi la mitad de los españoles prefieren que Chiquilicuatre les represente al máximo nivel.
El paralelismo entre la victoria electoral de los zapateristas y la elección del friki de Buenafuente para representar a España en Eurovisión es muy evidente. Una parte significativa de los ciudadanos ha hablado con un sentido y en una dirección muy clara: hacia la frivolidad más absoluta.

Frivolidad contra seriedad
Nuestros abuelos vivieron una guerra y nuestros padres vivieron una posguerra. Ambos tuvieron que apretarse el cinturón para que hoy podamos disfrutar de un cierto bienestar material. Nuestros mayores tuvieron que ser serios a la fuerza, bien en los estudios, estudiando como condenados con aquellos profesores tan fachas a los que tenían que tratar de usted; en los negocios, trabajando horas y horas para poder levantar una pequeña empresa con el abnegado esfuerzo de toda la familia (¿recuerdan a los hijos de los dueños sirviendo el pan a los clientes en la tienda de la esquina?); en el trabajo en la fábrica -pobres ovejas sin sueños, vulgares donnadies sin espíritu- comiéndose el marrón de40 años en el mismo puesto para sacar adelante a sufamilia; o en la mismísima emigración en Alemania, Suiza o en cualquier otra parte del mundo, donde echaban horas y horas y ahorrraban lo suficiente para poner una cafetería, hacerse por una cantidad astronómica con una licencia de taxi, o comprar unos cuantos pisos en la época en que eso era posible. "No, ellos ya han invertido en seriedad para varias generaciones", piensan muchos, pero muchos, españoles de hoy en día. Tienen un buen coche y un buen teléfono móvil: se sienten autorizados para la diversión irreflexiva. El último que pague las copas.


El dóberman y la batalla de los principios y valores
En la derecha política, pero también en la izquierda opuesta a este festival de la vacuidad que se ha bautizado a sí mismo como "progresismo", deben comprender -urgentemente- que, antes que nada, tienen un problema de comunicación con un grupo creciente de ciudadanos cuya debilidad intelectual les hace muy proclives a aceptar una propaganda de la cual vienen recibiendo dosis masivas desde niños administradas por ese aparato de desinformación del Estado en que ha convertido la educación, la estatal y la domada por el sistema de la concertación. Pedirles a estos ciudadanos que por sí mismos alcancen un dominio, siquiera somero, de los intrincados mecanismos intelectuales de la política es pedirles la luna. Esperar que surja en ellos un deseo de desentrañar un discurso como el de Zapatero es pedirles el universo mundo.
Conocedores de esta realidad, los progresistas españoles vienen manejando con maestría una maquinaria de control basada en las emociones que les está dando unos magníficos resultados. Rajoy ha afirmado que España ha cambiado mucho, y que el "dóberman" ya no funciona. Se equivoca trágicamente: funciona y de qué manera.
La alianza liberal-conservadora española que es el PP -el gran partido de masas del país- debe romper esta diabólica conexión emocional antes que nada, porque una buena propuesta programática no puede nada contra la identificación profunda de una parte de la ciudadanía con la sola idea de pertenencia al grupo humano de "la izquierda", ni contra ese resorte mecánico de aversión alérgica contra la mera idea de la "derecha" que ha sido instalado en su ser emocional a lo largo de décadas de imperio de lo progresista en el sistema educativo, permanentemente mantenido al día por el sistema mediático.

El ejemplo de Sarkozy
Uno de los puntos más atractivos de las propuestas de Rajoy viene siendo la vuelta en la enseñanza a los valores del esfuerzo y el respeto por el profesorado, algo que comparte un porcentaje altísimo de la población independientemente de su afinidad por un partido u otro. Pero esta propuesta no ha calado en la parte de la ciudadanía predispuesta en contra del PP. Sarkozy propugnó valores similares en el proceso electoral del que salió victorioso de manera aplastante: la diferencia de la repercusión entre uno y otro ha sido la brillantez expositiva, la capacidad de comunicación con los ciudadanos, la interiorización de que se trata de una batalla de esas que determinan los resultados de una guerra. No hablamos de una diferencia entre personajes ni entre sus capacidades dialécticas -donde Rajoy no flojea sino todo lo contrario-. Es una diferencia de planteamiento, de fondo, de concepción. El presidente francés planteó la cuestión como una guerra abierta de principios y valores, que va más allá de lo meramente electoral, de lo meramente partidista. Pero sobre todo supo transmitir que en esa guerra entre principios ideológicos opuestos, los suyos eran los correctos, que le asistía la razón y la superioridad moral. Supo transmitir que sus principios estaban más allá de la corrección política y no dudó en plantarle cara al mismísimo "Mayo francés" del 68, por mucho que aquellas revueltas vivan en el imaginario colectivo como algo positivo y sean sacadas a pasear en procesión bajo palio por todo el progresismo intelectual y mediático cada dos por tres (en el país vecino como en todo Occidente).

Contra la rendición
Para ganar esa lucha ideológica se apoyó en brillantísimos discursos que no pudieron ser ignorados ni siquiera por los medios de comunicación que no le eran favorables. Consiguió llevar a la sociedad un debate de ideas y lo ganó ampliamente porque supo demostrar que no hay nada más sagrado que la libertad, especialmente para discutir aquello en lo que presuntamente todos están de acuerdo, para salirse con orgullo del Pensamiento Único. En España hay muchos ejemplos de corrección política como ese "Mayo francés" y aunque Rajoy ha empezado a discutir algunas de estas ideas indiscutibles todavía se le ha visto preso de cierta falta de ambición.
La rendición está rondando ahora por las cabezas rectoras del PP. Sería un error catastrófico para el futuro de España. No es el momento de rendirse sino el momento de luchar, más a fondo, con más fuerzas, más ampliamente, con más intensidad.

martes, febrero 26, 2008

Debate electoral: ¿y el candidato liberal?


Asisto aburrido al espectáculo post-coital: han ganado los nuestros sean éstos quienes sean. Eso dicen. Resulta estremecedor que los medios de comunicación nacionales se comporten básicamente como los partidos. La sorpresa ha brillado por su ausencia, como era de esperar. Todo marcha según el guión previsto.
Sin embargo, es más grave aún la pavorosa y generalizada falta de ambición en la derecha política española. Y podemos esperar sentados, porque la ambición ideológica en el PP, ni está ni se la espera. Quienes no pastamos en el abrevadero ideológico de la izquierda, sobre todo los liberales, nos vemos, otra vez más, en la disyuntiva de apoyar un mal menor o asumir el hecho de que José L. Rodríguez vuelva a ser presidente.
No me cae mal Mariano Rajoy, pero no es el candidato liberal ambicioso que uno desearía. El debate recién perpetrado ha vuelto a dejar la impresión de un plato de comida un millón de veces ingerido. El solo olor empieza a causar náuseas. Lugares comunes y fórmulas anticuadas, eso es lo que ha dejado el debate y no otra cosa. Rajoy es mejor que Rodríguez, pero no hay esperanza alguna de que ponga sobre la mesa una oferta beligerante con el progresismo que todo lo invade. Se intuye, sí, como en el caso de algunas de las ideas expuestas en el tema de la educación. Pero no hay un discurso articulado y completo (como el presentado por Nicolas Sarkozy en Francia), frontalmente opuesto a los valores que han impregnado todos los ámbitos de la sociedad española como consecuencia de nuestro tardío y corrompido Mayo del 68, que fue el fin de la dictadura, varios años después. A la dictadura de Franco siguió la dictadura de lo políticamente correcto, como en todo el mundo occidental, pero acompañado aquí con un virulento odio a cuanto tenga que ver con la nación española, asiento de la libertad de que disfrutamos y que el actual régimen zapateril está poniendo gravemente en riesgo.
No ha planteado Rajoy un discurso completo y creíble de regeneración democrática, pero sí que nos promete que su Gobierno se preocupará del cambio climático como el que más, aunque todos sospechemos que, en su fuero interno, tiene serias dudas respecto a la pertinencia de empeños como Kyoto. Resulta muy decepcionante.
Mientras que su rival no duda en vender al personal que ya que es un progresista su Gobierno será el más progresista del mundo, Rajoy Brey intenta no parecer ni demasiado de derechas, ni demasiado liberal, ni demasiado de nada. Lo tiene todo para ser ese candidato que entusiasmase, pero nos tendremos que conformar con tener un candidato que no ofenda, la versión light del candidato que podría llegar ser.
Me importa poco eso de quien ha ganado el debate, porque los debates no se ganan (aunque puedan ser oportunidades que se pierdan), ya que son un instrumento de los ciudadanos para mejor fundamentar su voto. No me importa lo contento que se haya quedado el jefe de campaña de turno. Sí me importa que me traten de imbécil sin ofrecerme nada a cambio. Podría tolerar el insoportable speech de la niña feliz con que se despidió Rajoy si ha cambio hubiese obtenido un discurso inequívoco en favor de la libertad, de la regeneración democrática y de defensa de la nación contra sus enemigos internos. No ha sido así, por lo que el candidato de la no izquierda seguirá siendo, en lo que a mí respecta, el mal menor contra ZP. Tengo claro que, en España, los ciudadanos izquierdistas no tienen nada de qué preocuparse con el candidato de la derecha: no habrá revolución liberal. A los liberales nos queda un consuelo: según nos informan, ha ganado el nuestro. Y una terrible decepción, no por conocida menos dolorosa: nuestro candidato no estaba en el debate. Porque no lo hay en nuestro sistema de partidos.