martes, febrero 26, 2008

Debate electoral: ¿y el candidato liberal?


Asisto aburrido al espectáculo post-coital: han ganado los nuestros sean éstos quienes sean. Eso dicen. Resulta estremecedor que los medios de comunicación nacionales se comporten básicamente como los partidos. La sorpresa ha brillado por su ausencia, como era de esperar. Todo marcha según el guión previsto.
Sin embargo, es más grave aún la pavorosa y generalizada falta de ambición en la derecha política española. Y podemos esperar sentados, porque la ambición ideológica en el PP, ni está ni se la espera. Quienes no pastamos en el abrevadero ideológico de la izquierda, sobre todo los liberales, nos vemos, otra vez más, en la disyuntiva de apoyar un mal menor o asumir el hecho de que José L. Rodríguez vuelva a ser presidente.
No me cae mal Mariano Rajoy, pero no es el candidato liberal ambicioso que uno desearía. El debate recién perpetrado ha vuelto a dejar la impresión de un plato de comida un millón de veces ingerido. El solo olor empieza a causar náuseas. Lugares comunes y fórmulas anticuadas, eso es lo que ha dejado el debate y no otra cosa. Rajoy es mejor que Rodríguez, pero no hay esperanza alguna de que ponga sobre la mesa una oferta beligerante con el progresismo que todo lo invade. Se intuye, sí, como en el caso de algunas de las ideas expuestas en el tema de la educación. Pero no hay un discurso articulado y completo (como el presentado por Nicolas Sarkozy en Francia), frontalmente opuesto a los valores que han impregnado todos los ámbitos de la sociedad española como consecuencia de nuestro tardío y corrompido Mayo del 68, que fue el fin de la dictadura, varios años después. A la dictadura de Franco siguió la dictadura de lo políticamente correcto, como en todo el mundo occidental, pero acompañado aquí con un virulento odio a cuanto tenga que ver con la nación española, asiento de la libertad de que disfrutamos y que el actual régimen zapateril está poniendo gravemente en riesgo.
No ha planteado Rajoy un discurso completo y creíble de regeneración democrática, pero sí que nos promete que su Gobierno se preocupará del cambio climático como el que más, aunque todos sospechemos que, en su fuero interno, tiene serias dudas respecto a la pertinencia de empeños como Kyoto. Resulta muy decepcionante.
Mientras que su rival no duda en vender al personal que ya que es un progresista su Gobierno será el más progresista del mundo, Rajoy Brey intenta no parecer ni demasiado de derechas, ni demasiado liberal, ni demasiado de nada. Lo tiene todo para ser ese candidato que entusiasmase, pero nos tendremos que conformar con tener un candidato que no ofenda, la versión light del candidato que podría llegar ser.
Me importa poco eso de quien ha ganado el debate, porque los debates no se ganan (aunque puedan ser oportunidades que se pierdan), ya que son un instrumento de los ciudadanos para mejor fundamentar su voto. No me importa lo contento que se haya quedado el jefe de campaña de turno. Sí me importa que me traten de imbécil sin ofrecerme nada a cambio. Podría tolerar el insoportable speech de la niña feliz con que se despidió Rajoy si ha cambio hubiese obtenido un discurso inequívoco en favor de la libertad, de la regeneración democrática y de defensa de la nación contra sus enemigos internos. No ha sido así, por lo que el candidato de la no izquierda seguirá siendo, en lo que a mí respecta, el mal menor contra ZP. Tengo claro que, en España, los ciudadanos izquierdistas no tienen nada de qué preocuparse con el candidato de la derecha: no habrá revolución liberal. A los liberales nos queda un consuelo: según nos informan, ha ganado el nuestro. Y una terrible decepción, no por conocida menos dolorosa: nuestro candidato no estaba en el debate. Porque no lo hay en nuestro sistema de partidos.