lunes, marzo 10, 2008

Chiquilicuatre gana las elecciones españolas (reflexión primera sobre el 9-M)


No disimulemos y no nos engañemos porque no sólo no sirve para nada sino que, además, resulta altamente pernicioso. Ayer fue un día muy triste para nuestra patria: no otra cosa sino tristeza debe producir en una mente sana, en un ciudadano que se quiere libre y que quiere libre a su nación, el ver que Chiquilicuatre ha ganado las elecciones. Porque éste es el gran titular que debería presidir todas las portadas de los grandes periódicos del país: casi la mitad de los españoles prefieren que Chiquilicuatre les represente al máximo nivel.
El paralelismo entre la victoria electoral de los zapateristas y la elección del friki de Buenafuente para representar a España en Eurovisión es muy evidente. Una parte significativa de los ciudadanos ha hablado con un sentido y en una dirección muy clara: hacia la frivolidad más absoluta.

Frivolidad contra seriedad
Nuestros abuelos vivieron una guerra y nuestros padres vivieron una posguerra. Ambos tuvieron que apretarse el cinturón para que hoy podamos disfrutar de un cierto bienestar material. Nuestros mayores tuvieron que ser serios a la fuerza, bien en los estudios, estudiando como condenados con aquellos profesores tan fachas a los que tenían que tratar de usted; en los negocios, trabajando horas y horas para poder levantar una pequeña empresa con el abnegado esfuerzo de toda la familia (¿recuerdan a los hijos de los dueños sirviendo el pan a los clientes en la tienda de la esquina?); en el trabajo en la fábrica -pobres ovejas sin sueños, vulgares donnadies sin espíritu- comiéndose el marrón de40 años en el mismo puesto para sacar adelante a sufamilia; o en la mismísima emigración en Alemania, Suiza o en cualquier otra parte del mundo, donde echaban horas y horas y ahorrraban lo suficiente para poner una cafetería, hacerse por una cantidad astronómica con una licencia de taxi, o comprar unos cuantos pisos en la época en que eso era posible. "No, ellos ya han invertido en seriedad para varias generaciones", piensan muchos, pero muchos, españoles de hoy en día. Tienen un buen coche y un buen teléfono móvil: se sienten autorizados para la diversión irreflexiva. El último que pague las copas.


El dóberman y la batalla de los principios y valores
En la derecha política, pero también en la izquierda opuesta a este festival de la vacuidad que se ha bautizado a sí mismo como "progresismo", deben comprender -urgentemente- que, antes que nada, tienen un problema de comunicación con un grupo creciente de ciudadanos cuya debilidad intelectual les hace muy proclives a aceptar una propaganda de la cual vienen recibiendo dosis masivas desde niños administradas por ese aparato de desinformación del Estado en que ha convertido la educación, la estatal y la domada por el sistema de la concertación. Pedirles a estos ciudadanos que por sí mismos alcancen un dominio, siquiera somero, de los intrincados mecanismos intelectuales de la política es pedirles la luna. Esperar que surja en ellos un deseo de desentrañar un discurso como el de Zapatero es pedirles el universo mundo.
Conocedores de esta realidad, los progresistas españoles vienen manejando con maestría una maquinaria de control basada en las emociones que les está dando unos magníficos resultados. Rajoy ha afirmado que España ha cambiado mucho, y que el "dóberman" ya no funciona. Se equivoca trágicamente: funciona y de qué manera.
La alianza liberal-conservadora española que es el PP -el gran partido de masas del país- debe romper esta diabólica conexión emocional antes que nada, porque una buena propuesta programática no puede nada contra la identificación profunda de una parte de la ciudadanía con la sola idea de pertenencia al grupo humano de "la izquierda", ni contra ese resorte mecánico de aversión alérgica contra la mera idea de la "derecha" que ha sido instalado en su ser emocional a lo largo de décadas de imperio de lo progresista en el sistema educativo, permanentemente mantenido al día por el sistema mediático.

El ejemplo de Sarkozy
Uno de los puntos más atractivos de las propuestas de Rajoy viene siendo la vuelta en la enseñanza a los valores del esfuerzo y el respeto por el profesorado, algo que comparte un porcentaje altísimo de la población independientemente de su afinidad por un partido u otro. Pero esta propuesta no ha calado en la parte de la ciudadanía predispuesta en contra del PP. Sarkozy propugnó valores similares en el proceso electoral del que salió victorioso de manera aplastante: la diferencia de la repercusión entre uno y otro ha sido la brillantez expositiva, la capacidad de comunicación con los ciudadanos, la interiorización de que se trata de una batalla de esas que determinan los resultados de una guerra. No hablamos de una diferencia entre personajes ni entre sus capacidades dialécticas -donde Rajoy no flojea sino todo lo contrario-. Es una diferencia de planteamiento, de fondo, de concepción. El presidente francés planteó la cuestión como una guerra abierta de principios y valores, que va más allá de lo meramente electoral, de lo meramente partidista. Pero sobre todo supo transmitir que en esa guerra entre principios ideológicos opuestos, los suyos eran los correctos, que le asistía la razón y la superioridad moral. Supo transmitir que sus principios estaban más allá de la corrección política y no dudó en plantarle cara al mismísimo "Mayo francés" del 68, por mucho que aquellas revueltas vivan en el imaginario colectivo como algo positivo y sean sacadas a pasear en procesión bajo palio por todo el progresismo intelectual y mediático cada dos por tres (en el país vecino como en todo Occidente).

Contra la rendición
Para ganar esa lucha ideológica se apoyó en brillantísimos discursos que no pudieron ser ignorados ni siquiera por los medios de comunicación que no le eran favorables. Consiguió llevar a la sociedad un debate de ideas y lo ganó ampliamente porque supo demostrar que no hay nada más sagrado que la libertad, especialmente para discutir aquello en lo que presuntamente todos están de acuerdo, para salirse con orgullo del Pensamiento Único. En España hay muchos ejemplos de corrección política como ese "Mayo francés" y aunque Rajoy ha empezado a discutir algunas de estas ideas indiscutibles todavía se le ha visto preso de cierta falta de ambición.
La rendición está rondando ahora por las cabezas rectoras del PP. Sería un error catastrófico para el futuro de España. No es el momento de rendirse sino el momento de luchar, más a fondo, con más fuerzas, más ampliamente, con más intensidad.

2 comentarios:

Prevost dijo...

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