miércoles, mayo 14, 2008

MaríaSan Gil no tiene sensibilidad con esto del terrorismo


La débil y derrotada ETA ha echado abajo una casa cuartel de la Guarda Civil poniendo 300 kilos de liberación nacional en un coche y liberando de su perra vida a un joven guardia.

La clase política española es unánime en su consternación. El presidente Rodríguez porque ve alejarse un poco más su Premio Nobel de la Paz; y también por la muerte del servidor público.

El ministro de la Oposición Rajoy porque sabe lo bien que utiliza el PSOE la propaganda en días como éste (aún tiene pesadillas con la encerrona que le montó Patxi López en el asesinato del ex concejal socialista de Mondragón, Isaías Carrasco, unas horas antes de las elecciones del 9-M y lo mucho que exprimieron en las teles prosociatas, o sea, en todas, por ejemplo, las declaraciones de la hija del asesinado); y también por la muerte del servidor público.

El presidente de la Comunidad Autónoma de las Vascongadas, Juan José Ibarretxe, también está muy afectado porque no queda muy bien que él esté dando la matraca con lo del referendo liberador y vengan sus chicos de la gasolina, ahora ya en el primer equipo y le llenen los telediarios de sangre y escombros, lo cual puede muy bien considerarse publicidad negativa para los vascos y las vascas; y también por la muerte del servidor público.

La lista de compungida unanimidad es larga porque según se dice unánimemente hoy sólo es día de unanimidad compungida: cualquier otra cosa está fuera de lugar. De hecho, en los medios de comunicación que repentinamente se han convertido en paladines entusiastas de la causa de Rajoy, así como alguno de esos fieles colaboradores que van a todas partes con su líder para poder llevarle tanto el maletín como el respirador artificial que le mantiene con vida, le han reñido a María San Gil por referirse a otra cuestión política en vez de sumarse a la compungida unanimidad. Casualmente la cuestión política a la que se ha referido tiene ver con el liderazgo del PP, más en concreto la obvia negativa de algunos a que el liderazgo lo ejerza alguien que está entre zombie y catatónico. Si es que San Gil, como todos sabemos no tiene ninguna sensibilidad con esto del terrorismo ¿qué sabrá ella?

viernes, mayo 09, 2008

Rajoy: el egoísmo atroz de un cadáver renovador de la nada


El PP obtuvo un buen resultado en las elecciones del 9-M. Rajoy estaba en una muy buena situación para liderar el partido hacia una victoria electoral mejorando los puntos débiles: la comunicación con la sociedad, la imagen del PP creada por sus enemigos, cierta falta de ambición en el programa, la escasa democracia interna del partido, y la tibia apuesta por la regeneración democrática de la Nación, la blanda lucha en la batalla cultural e ideológica frente a la todopoderosa cultura progre, y un equipo rector de nivel discutible en el entorno de Rajoy. Pero la mejora que ha emprendido Rajoy no ha sido tal sino todo un proceso de rectificación, por un lado, y una especie de paranoia respecto a su liderazgo por otro. Siendo que el PP había obtenido un buen resultado electoral, la cuestión que se planteó inmediatamente fue, y es, si dicho resultado es un insalvable techo electoral o un magnífico suelo desde el que elevarse. No cabe duda respecto a que Mariano Rajoy ha considerado que la hipótesis del techo es la correcta y hete aquí que en apenas unos días montó el solito la marimorena aprovechando, de paso, para ponerse al cuello algo muy diferente de su famosa corbata de la suerte.

Dejando a parte la cuestión de la buena fe, de importancia relativa para la parte liberal-conservadora de la sociedad española, lo cierto es que el evidente suicidio político de Mariano Rajoy no lo va a padecer él en persona solamente, sino que en su ceguera va a arrastrar a la principal herramienta de la que, hoy por hoy, disponemos los ciudadanos que no comulgamos con el zapaterismo para evitar que se lleven a cabo los planes socialistas para España. En ese sentido el comportamiento de Rajoy está siendo de un egoísmo atroz y el daño que está causando a la Nación será irreparable, porque si ya iba a ser difícil, de cualquier manera, parar los pies al presidente Rodríguez y a sus aliados antiespañoles, hacerlo sin contar con un PP que esté en disposición de ganar unas elecciones en cualquier momento será imposible.

Es evidente que Rajoy no ha comprendido nada de lo ocurrido desde las elecciones. Aún en el mejor de los casos para su causa, que conservase, digamos, un 80% del apoyo obtenido el 9-M, no alcanzaría para lograr la gobernación del Estado. Sin embargo, es altamente improbable que se vuelvan a producir unas elecciones con un nivel de excitación popular como el vivido en España el pasado mes de marzo, con lo cual es previsible que la pérdida sea mayor. Muchos votantes nos hemos sentido defraudados hasta el punto de que Rajoy no recuperará nuestro voto. Pero es que, además, antes de las elecciones generales de dentro de 4 años, habrá de pasar otros procesos electorales en los que sus perspectivas no pueden ser peores. Su alter ego gallego, Núñez Feijoo, se va a dar un batacazo morrocotudo. La valiosísima María San Gil rema contracorriente y poco podrá hacer con el respaldo de un PP nacional prácticamente K.O. Y las elecciones europeas son el marco ideal para que los votantes y simpatizantes del PP muestren su desapego del líder con la conciencia tranquila de no dañar a su país facilitando la victoria del PSOE. Aunque no se produzca una debacle quedará claro que Rajoy no puede llevar al PP al poder después de su comportamiento tras el 9-M. Cualquier analista objetivo es consciente de ello.

Rajoy ha errado profundamente, y ya no tiene arreglo, en demasiados asuntos: la loza está rota y no hay ninguna posibilidad de que pueda reconstruirla. No puede recomponer la simpatía de quienes en el ejercicio de sus derechos democráticos criticaron algún aspecto de su gestión y fueron respondidos con extrema hostilidad. No puede recomponer el desaguisado ideológico que ha cocinado con su peculiar sentido de lo que debe ser un partido transversal que integre diferentes ideologías complementarias y en el cual, según él, no caben los que profesan esas mismas ideologías que él quiere integrar. No puede recomponer la sensación de haberse desecho de grandes personalidades del PP para rodearse de medianías que a nadie resultan atractivas más que, presuntamente, a él mismo. No puede recomponer la imagen de voracidad estalinista con que ha afrontado el próximo congreso de Valencia, desde la recolección de avales al desprecio por la democratización interna, pasando por la hostilidad desmedida a cualquier tímido intento de presentar una alternativa. No puede recomponer la impresión de descontrol emocional con que ha recibido las críticas desde los medios de comunicación que leen o escuchan sus posibles votantes ni la impresión de secuestro de su voluntad con que esos mismos votantes reciben, atónitos, los parabienes que dedican a la gestión de Rajoy los medios de comunicación enemigos de cuanto representa o debería representar el PP. Y, sobre todo, ya no podrá recomponer la imagen que ha proyectado en la sociedad de líder que pierde los papeles en las dificultades y reacciona de forma pueril a la crítica.

Mariano Rajoy está pretendiendo, sin tener el desparpajo y la caradura necesaria para hacerlo sin ponerse colorado, repetir la operación de Felipe González para deshacerse de la contestación interna que representó, vagamente, el guerrismo. Él, que era el máximo representante del poder y el aparato dentro del PSOE desde los años 70, se erigió en el máximo líder de un presunto sector renovador. Pero González tenía cara para eso y mucho más y, sobre todo, tenía abducida la voluntad de los simpatizantes, votantes y militantes socialistas. Rajoy, un señor serio que dista mucho de disponer de las cualidades de vendedor de colchones usados que adornaban a Felipe González, no es un líder carismático que vaya a contar con el apoyo automático de las masas de centro-derecha españolas. González podía pedir a los suyos que le votasen para salir de la OTAN, primero, y para quedarse, acto seguido, sin solución de continuidad, y no pasaba nada. Ahí se quedó el carismático líder ganando elección tras elección. Pero Rajoy no puede pedir a los suyos que le voten para oponerse radicalmente al proyecto zapaterista de disolución de la Nación y dos días después pedirle que le voten como máximo representante de la cláusula Camps y la adaptación sumisa al nuevo régimen. No puede pedir al centro-derecha español que le vote con Acebes y Zaplana como sus principales peones y a los dos días pretender que los había tenido que tolerar por imposición de Aznar y que, ahora sí que sí, va a poner a sus verdaderos hombres. Esa mitad de españoles contraria a los designios progres, leal a la patria que han recibido de sus mayores e incondicional de la libertad, no va a seguir a Rajoy en sus cabriolas políticas y un serio señor de derechas registrador de la propiedad debería saberlo mejor que nadie.

Rajoy, que es un cadáver político andante que va en pelotas sin que nadie en su corte de avalistas aprovechados se lo haga notar, pretende llegar al congreso de Valencia y, a la búlgara -como Jiménez Losantos ha popularizado en estas semanas- presentarse como el gran renovador del Partido Popular. Alfonso Guerra, que hizo de las maldades dialécticas un arte, cosió al traje de aquel movimiento “renovador” del PSOE que dirigía González en la sombra, una definición que le iba como anillo al dedo y que quedó para la pequeña gran historia de las intrigas políticas: renovadores de la nada. Lamentablemente a Rajoy, como a los Arenas, a los Feijoo, a los Camps y a todos los demás que velan al moribundo con la esperanza de heredar su poltrona, la definición les queda igual de bien. Son los renovadores de la nada del PP.

sábado, mayo 03, 2008

Calvo-Sotelo y la destrucción nacional


El nombre de Leopoldo Calvo-Sotelo es uno de mis primeros recuerdos políticos. Junto a él, otros recuerdos políticos primerizos son los nombres de Adolfo Suárez, Landelino Lavilla, Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Xosé Manuel Beiras… Ninguno es ya protagonista de la vida política española. Queda Guerra chupando banquillo, sí: pero no pasa de figura decorativa de la cual la dirección del PSOE no sabe como desembarazarse. Anotada la excepción, lo cierto es que la generación de la Transición es ya Historia. Ésta va haciendo su parte y la biología la suya.

Hoy se ha muerto Calvo-Sotelo, uno de mis primeros recuerdos políticos. Otros recuerdos político-infantiles míos son: la muerte de Franco, pintadas cutres en las calles de mi ciudad en las que se tildaba de fascista a Suárez, la pegatina del Referéndum Constitucional del 6 de diciembre de 1978 que había acabado en la puerta de mi habitación... Una época que ya no es presente sino Historia Contemporánea, o sea, anteayer.

Yo, en esos años de tierna infancia me creía, y así lo declaraba a los cuatro vientos, comunista, un comunista cuyo internacionalismo estaba gravemente contaminado de nacionalismo gallego. Desde este punto de vista me parecía muy bien que las pintadas chorreantes y chapuceras de mi ciudad, muy lejos de la cuidada y muy profesional estética que atrae turistas al Ulster, por ejemplo, afirmasen con rotundidad el carácter fascista del presidente del Gobierno de entonces, Adolfo Suárez. Sin embargo, no lo comprendía muy bien, puesto que la propaganda televisiva dejaba claramente sentado que la Constitución española era una de las más avanzadas y progresistas del mundo. Recuerdo haberle preguntado a mi padre, socialista de pro, acerca de esta cuestión aunque no recuerdo la respuesta.

Pasados los años uno se va dando cuenta de ciertas cosas. Suárez, como Calvo-Sotelo, como Fraga, como Martín Villa, como Torcuato Fernández-Miranda, como tantos otros, eran personajes extraordinariamente molestos para una progresía que venía haciéndose con el poder mediático, con el mando en la plaza del oficialismo cultural ya desde los últimos años del franquismo. Eran figuras incómodas porque viniendo del régimen autoritario surgido de la Guerra Civil se habían destacado por haber contribuido más que nadie a la instauración de un régimen democrático en España.

Hoy no les queda más remedio que aceptar oficialmente esta preminencia, al tiempo que trabajan con denuedo en el socavamiento de su legitimidad moral. Es fácil imaginar los lacrimógenos panegíricos que se publicarán en la muerte de Fraga, después de haberle tratado de ministro sangriento de la ominosa dictadura toda su vida.

Así, hoy vemos por doquier las más amables palabras acerca del presidente más breve de nuestra democracia, mientras existe todo un proceso de demolición del régimen político surgido de la Transición que fue avalado por aplastante resolución popular aquel 6 de diciembre de la pegatina de mi habitación. Este comportamiento hipócrita no es nada que yo tenga que descubrirles a ustedes, pues forma parte de la habitual y conocidísima idiosincrasia de una izquierda asociada al nacionalismo antiespañol que jura sus cargos ante una bandera bicolor que detesta mientras sueña con su bandera tricolor, la única que su corazón reconoce.

Hay una gran diferencia entre los políticos de aquella Transición, a quienes solemos considerar hombres generosos que supieron aparcar sus diferencias en aras de una concordia de la que España andaba necesitada para cerrar las viejas heridas de la confrontación guerracivilista. No cabe duda de que mientras unos cedieron desde la posición del más fuerte porque creían estar pactando algo que sería asumido por todos con sinceridad, otros aceptaron sin entusiasmo, desde su posición de debilidad, un estado de cosas que siempre consideraron provisional hasta que un cambio en la relación de fuerzas les permitiese cambiarlo. Ni la izquierda ni los nacionalistas antiespañoles consideraron jamás como algo propio el régimen constitucional del 78. Hombres como Calvo-Sotelo, que hoy nos deja, o Gabriel Cisneros, que lo hizo ha bien poco, han llegado a vivir lo suficiente como para asistir al momento en que la izquierda y los independentistas se quitan la careta y empiezan a denunciar el pacto constitucional como una imposición del fascismo franquista. Hoy se sienten lo suficientemente fuertes como para abrir un nuevo proceso constituyente y como para hacerlo sin atenerse a norma alguna más allá del mero poder. No necesitan que sus acciones sean constitucionales, les basta con controlar los altos tribunales nacionales. No necesitan expulsar la lengua común de los españoles de las leyes que redactan, les basta con no cumplirlas. No necesitan abrir un proceso de honesto de confederalización, les basta con hacer que en las autonomías el estado español resulte algo “residual”, como afirmó en un alarde de franqueza Pasqual Maragall. Etcétera.

La muerte de Calvo-Sotelo, como el Alhzeimer de Suárez, tienen algo de simbólico. La izquierda y el independentismo aceleran sus pretensiones, se dice que el Tribunal Constitucional tiene decido ya aceptar el término “Nación” en el Estatuto catalán, mientras la derecha se decide entre morirse u olvidar trágicamente lo que pudo haber sido y no fue para repetir los errores del pasado sin que le moleste demasiado la conciencia. Si la derecha no estuviese renunciando a representar la aspiración de una parte importantísima de la población de que la nación española no deje de existir, recordaría cómo la CEDA alfombró el paso marcial de la izquierda hacia sus objetivos. La CEDA, por así decir, en nuestros días se puede identificar por la conocida “cláusula Camps” o estatuto andaluz o política lingüística gallega o balear.

En mis recuerdos infantiles, aquellos hombres creyeron que podrían pactar la instauración de un régimen auténticamente de todos y para todos en España, cometiendo un trágico error que ha acabado por arrastrar a todo el mundo, incluidos sus herederos políticos. Sus buenas intenciones acabaron por estrellarse contra la falta de lealtad de una parte importante de la clase política profesional española, porque lo cierto es que en la calle sí que su empeño llegó a triunfar. Muchos de los votantes socialistas y nacionalistas sí consideran suyo el régimen del 78 y si su voto es utilizado sistemáticamente en contra de él es debido a una estrategia y una praxis políticas muy bien concebidas que son llevadas a cabo por unas maquinarias partidistas perfectamente engrasadas que cuenta, además, con el uso espurio de las instituciones y sus gigantescos presupuestos financiados por todos. Además cuentan con la colaboración entusiasta de una derecha política que nunca ha sido capaz de establecer, ni por asomo, unas estrategias de defensa de la Constitución del mismo alto nivel de quienes la atacan.

No me cabe ninguna duda de que Calvo-Sotelo se habrá ido a reunir con su creador siendo totalmente consciente de todo esto. Con todo, a pesar del error de proporciones históricas, probablemente irreversible, de haberle dado a los enemigos de España y de la libertad individual, los instrumentos necesarios para trabajar en su destrucción, tampoco me cabe ninguna duda de que también han rendido grandes servicios a los propios españoles y a su propia libertad, en paradoja sólo aparente. Hoy todos somos bastante más libres y mucho más prósperos, lo cual sin duda se debe, en gran medida, a las condiciones creadas por hombres como Calvo-Sotelo.

Y tampoco me cabe ninguna duda de que si bien su generación pudo conceder enormes ventajas a quienes ansían la destrucción de la Nación no es menos cierto que en el hecho de que vayamos perdiendo la batalla tenemos una responsabilidad compartida cada uno de nosotros. Unos somos más responsables que otros, por supuesto. En la cuestión nacional la generación de la Transición metio la pata hasta el corbejón, cierto, pero los políticos que la sucedieron se han distinguido cum laude en la perseverancia en el error.

Descanse en paz, Leopoldo Calvo-Sotelo, con mi reconocimiento.