viernes, mayo 09, 2008

Rajoy: el egoísmo atroz de un cadáver renovador de la nada


El PP obtuvo un buen resultado en las elecciones del 9-M. Rajoy estaba en una muy buena situación para liderar el partido hacia una victoria electoral mejorando los puntos débiles: la comunicación con la sociedad, la imagen del PP creada por sus enemigos, cierta falta de ambición en el programa, la escasa democracia interna del partido, y la tibia apuesta por la regeneración democrática de la Nación, la blanda lucha en la batalla cultural e ideológica frente a la todopoderosa cultura progre, y un equipo rector de nivel discutible en el entorno de Rajoy. Pero la mejora que ha emprendido Rajoy no ha sido tal sino todo un proceso de rectificación, por un lado, y una especie de paranoia respecto a su liderazgo por otro. Siendo que el PP había obtenido un buen resultado electoral, la cuestión que se planteó inmediatamente fue, y es, si dicho resultado es un insalvable techo electoral o un magnífico suelo desde el que elevarse. No cabe duda respecto a que Mariano Rajoy ha considerado que la hipótesis del techo es la correcta y hete aquí que en apenas unos días montó el solito la marimorena aprovechando, de paso, para ponerse al cuello algo muy diferente de su famosa corbata de la suerte.

Dejando a parte la cuestión de la buena fe, de importancia relativa para la parte liberal-conservadora de la sociedad española, lo cierto es que el evidente suicidio político de Mariano Rajoy no lo va a padecer él en persona solamente, sino que en su ceguera va a arrastrar a la principal herramienta de la que, hoy por hoy, disponemos los ciudadanos que no comulgamos con el zapaterismo para evitar que se lleven a cabo los planes socialistas para España. En ese sentido el comportamiento de Rajoy está siendo de un egoísmo atroz y el daño que está causando a la Nación será irreparable, porque si ya iba a ser difícil, de cualquier manera, parar los pies al presidente Rodríguez y a sus aliados antiespañoles, hacerlo sin contar con un PP que esté en disposición de ganar unas elecciones en cualquier momento será imposible.

Es evidente que Rajoy no ha comprendido nada de lo ocurrido desde las elecciones. Aún en el mejor de los casos para su causa, que conservase, digamos, un 80% del apoyo obtenido el 9-M, no alcanzaría para lograr la gobernación del Estado. Sin embargo, es altamente improbable que se vuelvan a producir unas elecciones con un nivel de excitación popular como el vivido en España el pasado mes de marzo, con lo cual es previsible que la pérdida sea mayor. Muchos votantes nos hemos sentido defraudados hasta el punto de que Rajoy no recuperará nuestro voto. Pero es que, además, antes de las elecciones generales de dentro de 4 años, habrá de pasar otros procesos electorales en los que sus perspectivas no pueden ser peores. Su alter ego gallego, Núñez Feijoo, se va a dar un batacazo morrocotudo. La valiosísima María San Gil rema contracorriente y poco podrá hacer con el respaldo de un PP nacional prácticamente K.O. Y las elecciones europeas son el marco ideal para que los votantes y simpatizantes del PP muestren su desapego del líder con la conciencia tranquila de no dañar a su país facilitando la victoria del PSOE. Aunque no se produzca una debacle quedará claro que Rajoy no puede llevar al PP al poder después de su comportamiento tras el 9-M. Cualquier analista objetivo es consciente de ello.

Rajoy ha errado profundamente, y ya no tiene arreglo, en demasiados asuntos: la loza está rota y no hay ninguna posibilidad de que pueda reconstruirla. No puede recomponer la simpatía de quienes en el ejercicio de sus derechos democráticos criticaron algún aspecto de su gestión y fueron respondidos con extrema hostilidad. No puede recomponer el desaguisado ideológico que ha cocinado con su peculiar sentido de lo que debe ser un partido transversal que integre diferentes ideologías complementarias y en el cual, según él, no caben los que profesan esas mismas ideologías que él quiere integrar. No puede recomponer la sensación de haberse desecho de grandes personalidades del PP para rodearse de medianías que a nadie resultan atractivas más que, presuntamente, a él mismo. No puede recomponer la imagen de voracidad estalinista con que ha afrontado el próximo congreso de Valencia, desde la recolección de avales al desprecio por la democratización interna, pasando por la hostilidad desmedida a cualquier tímido intento de presentar una alternativa. No puede recomponer la impresión de descontrol emocional con que ha recibido las críticas desde los medios de comunicación que leen o escuchan sus posibles votantes ni la impresión de secuestro de su voluntad con que esos mismos votantes reciben, atónitos, los parabienes que dedican a la gestión de Rajoy los medios de comunicación enemigos de cuanto representa o debería representar el PP. Y, sobre todo, ya no podrá recomponer la imagen que ha proyectado en la sociedad de líder que pierde los papeles en las dificultades y reacciona de forma pueril a la crítica.

Mariano Rajoy está pretendiendo, sin tener el desparpajo y la caradura necesaria para hacerlo sin ponerse colorado, repetir la operación de Felipe González para deshacerse de la contestación interna que representó, vagamente, el guerrismo. Él, que era el máximo representante del poder y el aparato dentro del PSOE desde los años 70, se erigió en el máximo líder de un presunto sector renovador. Pero González tenía cara para eso y mucho más y, sobre todo, tenía abducida la voluntad de los simpatizantes, votantes y militantes socialistas. Rajoy, un señor serio que dista mucho de disponer de las cualidades de vendedor de colchones usados que adornaban a Felipe González, no es un líder carismático que vaya a contar con el apoyo automático de las masas de centro-derecha españolas. González podía pedir a los suyos que le votasen para salir de la OTAN, primero, y para quedarse, acto seguido, sin solución de continuidad, y no pasaba nada. Ahí se quedó el carismático líder ganando elección tras elección. Pero Rajoy no puede pedir a los suyos que le voten para oponerse radicalmente al proyecto zapaterista de disolución de la Nación y dos días después pedirle que le voten como máximo representante de la cláusula Camps y la adaptación sumisa al nuevo régimen. No puede pedir al centro-derecha español que le vote con Acebes y Zaplana como sus principales peones y a los dos días pretender que los había tenido que tolerar por imposición de Aznar y que, ahora sí que sí, va a poner a sus verdaderos hombres. Esa mitad de españoles contraria a los designios progres, leal a la patria que han recibido de sus mayores e incondicional de la libertad, no va a seguir a Rajoy en sus cabriolas políticas y un serio señor de derechas registrador de la propiedad debería saberlo mejor que nadie.

Rajoy, que es un cadáver político andante que va en pelotas sin que nadie en su corte de avalistas aprovechados se lo haga notar, pretende llegar al congreso de Valencia y, a la búlgara -como Jiménez Losantos ha popularizado en estas semanas- presentarse como el gran renovador del Partido Popular. Alfonso Guerra, que hizo de las maldades dialécticas un arte, cosió al traje de aquel movimiento “renovador” del PSOE que dirigía González en la sombra, una definición que le iba como anillo al dedo y que quedó para la pequeña gran historia de las intrigas políticas: renovadores de la nada. Lamentablemente a Rajoy, como a los Arenas, a los Feijoo, a los Camps y a todos los demás que velan al moribundo con la esperanza de heredar su poltrona, la definición les queda igual de bien. Son los renovadores de la nada del PP.

3 comentarios:

naixin dijo...

El partido popular español ha vivido en ocasiones separado del pueblo español, unas veces, por empeñarse en marcarle una filosofía excesivamente ilustrada; otras veces, por el contrario, es decir, por desconsiderar el respetable idealismo que a veces late en los hombres de la calle.

En las nuevas circunstancias hay que preguntar, ¿estará incapacitado para reencontrar el venero popular que dice andar buscando? ¿Lejos de haber aprendido de la historia pasada, no corre hoy el riesgo de perderse en un elitismo que ha perdido el pulso popular?

No preguntarse en serio por esta cuestión y otras similares es ceder al pragmatismo de lo inmediato a costa del mañana. Ya no está lejos el día en que nos dirán como en Sed de Mal: no tenéis futuro lo habéis gastado todo.

Quinlan: Come on, read my future for me.
Tanya: You haven't got any.
Quinlan: What do you mean?
Tanya: Your future is all used up.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Rajoy lleva razón en lo del techo, pero en su conducta tras el 9m hay algo puramente personal, no meditado, que tiene que ver con su carácter.

Lo cierto es que vivimos momentos apasionantes de tertulianismo en los que está todo a punto de irse a tomar por culo.

Ese momento, el de estar todo a punto de joderse, es maravilloso, como el aura que precede al ataque epiléptico.

udcc dijo...

Vemos un escenario donde la cultura europea, y todo lo que conlleva, está en peligro. La cultura occidental y sus valores están al borde de la desaparición. Si no ponemos remedio pronto, seremos exterminados en muy poco tiempo. Es irónico pensar que hay muchos europeos que desean este exterminio de cultura y forma de vida. Y me gustaría ver sus caras si algún día un yidahista obliga a sus hijas a vestir un burka (esto ha ocurrido en lugares como Afganistán o Irán. España, Europa entera, no sería una excepción). Seguro que no les hará mucha gracia.

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