El nombre de Leopoldo Calvo-Sotelo es uno de mis primeros recuerdos políticos. Junto a él, otros recuerdos políticos primerizos son los nombres de Adolfo Suárez, Landelino Lavilla, Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Xosé Manuel Beiras… Ninguno es ya protagonista de la vida política española. Queda Guerra chupando banquillo, sí: pero no pasa de figura decorativa de la cual la dirección del PSOE no sabe como desembarazarse. Anotada la excepción, lo cierto es que la generación de la Transición es ya Historia. Ésta va haciendo su parte y la biología la suya.
Hoy se ha muerto Calvo-Sotelo, uno de mis primeros recuerdos políticos. Otros recuerdos político-infantiles míos son: la muerte de Franco, pintadas cutres en las calles de mi ciudad en las que se tildaba de fascista a Suárez, la pegatina del Referéndum Constitucional del 6 de diciembre de 1978 que había acabado en la puerta de mi habitación... Una época que ya no es presente sino Historia Contemporánea, o sea, anteayer.
Yo, en esos años de tierna infancia me creía, y así lo declaraba a los cuatro vientos, comunista, un comunista cuyo internacionalismo estaba gravemente contaminado de nacionalismo gallego. Desde este punto de vista me parecía muy bien que las pintadas chorreantes y chapuceras de mi ciudad, muy lejos de la cuidada y muy profesional estética que atrae turistas al Ulster, por ejemplo, afirmasen con rotundidad el carácter fascista del presidente del Gobierno de entonces, Adolfo Suárez. Sin embargo, no lo comprendía muy bien, puesto que la propaganda televisiva dejaba claramente sentado que la Constitución española era una de las más avanzadas y progresistas del mundo. Recuerdo haberle preguntado a mi padre, socialista de pro, acerca de esta cuestión aunque no recuerdo la respuesta.
Pasados los años uno se va dando cuenta de ciertas cosas. Suárez, como Calvo-Sotelo, como Fraga, como Martín Villa, como Torcuato Fernández-Miranda, como tantos otros, eran personajes extraordinariamente molestos para una progresía que venía haciéndose con el poder mediático, con el mando en la plaza del oficialismo cultural ya desde los últimos años del franquismo. Eran figuras incómodas porque viniendo del régimen autoritario surgido de la Guerra Civil se habían destacado por haber contribuido más que nadie a la instauración de un régimen democrático en España.
Hoy no les queda más remedio que aceptar oficialmente esta preminencia, al tiempo que trabajan con denuedo en el socavamiento de su legitimidad moral. Es fácil imaginar los lacrimógenos panegíricos que se publicarán en la muerte de Fraga, después de haberle tratado de ministro sangriento de la ominosa dictadura toda su vida.
Así, hoy vemos por doquier las más amables palabras acerca del presidente más breve de nuestra democracia, mientras existe todo un proceso de demolición del régimen político surgido de la Transición que fue avalado por aplastante resolución popular aquel 6 de diciembre de la pegatina de mi habitación. Este comportamiento hipócrita no es nada que yo tenga que descubrirles a ustedes, pues forma parte de la habitual y conocidísima idiosincrasia de una izquierda asociada al nacionalismo antiespañol que jura sus cargos ante una bandera bicolor que detesta mientras sueña con su bandera tricolor, la única que su corazón reconoce.
Hay una gran diferencia entre los políticos de aquella Transición, a quienes solemos considerar hombres generosos que supieron aparcar sus diferencias en aras de una concordia de la que España andaba necesitada para cerrar las viejas heridas de la confrontación guerracivilista. No cabe duda de que mientras unos cedieron desde la posición del más fuerte porque creían estar pactando algo que sería asumido por todos con sinceridad, otros aceptaron sin entusiasmo, desde su posición de debilidad, un estado de cosas que siempre consideraron provisional hasta que un cambio en la relación de fuerzas les permitiese cambiarlo. Ni la izquierda ni los nacionalistas antiespañoles consideraron jamás como algo propio el régimen constitucional del 78. Hombres como Calvo-Sotelo, que hoy nos deja, o Gabriel Cisneros, que lo hizo ha bien poco, han llegado a vivir lo suficiente como para asistir al momento en que la izquierda y los independentistas se quitan la careta y empiezan a denunciar el pacto constitucional como una imposición del fascismo franquista. Hoy se sienten lo suficientemente fuertes como para abrir un nuevo proceso constituyente y como para hacerlo sin atenerse a norma alguna más allá del mero poder. No necesitan que sus acciones sean constitucionales, les basta con controlar los altos tribunales nacionales. No necesitan expulsar la lengua común de los españoles de las leyes que redactan, les basta con no cumplirlas. No necesitan abrir un proceso de honesto de confederalización, les basta con hacer que en las autonomías el estado español resulte algo “residual”, como afirmó en un alarde de franqueza Pasqual Maragall. Etcétera.
La muerte de Calvo-Sotelo, como el Alhzeimer de Suárez, tienen algo de simbólico. La izquierda y el independentismo aceleran sus pretensiones, se dice que el Tribunal Constitucional tiene decido ya aceptar el término “Nación” en el Estatuto catalán, mientras la derecha se decide entre morirse u olvidar trágicamente lo que pudo haber sido y no fue para repetir los errores del pasado sin que le moleste demasiado la conciencia. Si la derecha no estuviese renunciando a representar la aspiración de una parte importantísima de la población de que la nación española no deje de existir, recordaría cómo la CEDA alfombró el paso marcial de la izquierda hacia sus objetivos. La CEDA, por así decir, en nuestros días se puede identificar por la conocida “cláusula Camps” o estatuto andaluz o política lingüística gallega o balear.
En mis recuerdos infantiles, aquellos hombres creyeron que podrían pactar la instauración de un régimen auténticamente de todos y para todos en España, cometiendo un trágico error que ha acabado por arrastrar a todo el mundo, incluidos sus herederos políticos. Sus buenas intenciones acabaron por estrellarse contra la falta de lealtad de una parte importante de la clase política profesional española, porque lo cierto es que en la calle sí que su empeño llegó a triunfar. Muchos de los votantes socialistas y nacionalistas sí consideran suyo el régimen del 78 y si su voto es utilizado sistemáticamente en contra de él es debido a una estrategia y una praxis políticas muy bien concebidas que son llevadas a cabo por unas maquinarias partidistas perfectamente engrasadas que cuenta, además, con el uso espurio de las instituciones y sus gigantescos presupuestos financiados por todos. Además cuentan con la colaboración entusiasta de una derecha política que nunca ha sido capaz de establecer, ni por asomo, unas estrategias de defensa de la Constitución del mismo alto nivel de quienes la atacan.
No me cabe ninguna duda de que Calvo-Sotelo se habrá ido a reunir con su creador siendo totalmente consciente de todo esto. Con todo, a pesar del error de proporciones históricas, probablemente irreversible, de haberle dado a los enemigos de España y de la libertad individual, los instrumentos necesarios para trabajar en su destrucción, tampoco me cabe ninguna duda de que también han rendido grandes servicios a los propios españoles y a su propia libertad, en paradoja sólo aparente. Hoy todos somos bastante más libres y mucho más prósperos, lo cual sin duda se debe, en gran medida, a las condiciones creadas por hombres como Calvo-Sotelo.
Y tampoco me cabe ninguna duda de que si bien su generación pudo conceder enormes ventajas a quienes ansían la destrucción de la Nación no es menos cierto que en el hecho de que vayamos perdiendo la batalla tenemos una responsabilidad compartida cada uno de nosotros. Unos somos más responsables que otros, por supuesto. En la cuestión nacional la generación de la Transición metio la pata hasta el corbejón, cierto, pero los políticos que la sucedieron se han distinguido cum laude en la perseverancia en el error.
Descanse en paz, Leopoldo Calvo-Sotelo, con mi reconocimiento.