martes, enero 03, 2012

Krugman en El País haciendo apología de Keynes: falacias y locuras.


El País acaba de publicar un nuevo artículo de Paul Krugman titulado "Keynes tenía razón". Rápidamente, para que no haya dudas el premio Nobel, afirma: "Recortar el gasto público cuando la economía está deprimida deprime la economía todavía más; la austeridad debe esperar hasta que se haya puesto en marcha una fuerte recuperación". Por esa regla de tres no deberíamos haber entrado en crisis.
En su artículo, Krugman, como mucho, explica desde su punto de vista cómo las políticas anti-keynesianas son políticas equivocadas e ineficientes; en ningún caso intenta siquiera demostrar que las keynesianas serían acertadas en una crisis como la actual.
Por otra parte, escamotea a sus lectores el hecho de que no existe una sola política antikeynesiana posible. La que se ha impuesto es una de tipo neo-monetarista que incluye subidas de impuestos y el aporte de recursos públicos a un sistema financiero en práctica quiebra. Pero rechazar estas medidas tipo no significa que haya que caer necesariamente en brazos de Keynes.
Por último, habría que preguntarle a Krugman y sus apasionados seguidores hasta dónde cree él que podrían endeudarse los Estados y durante cuánto tiempo en el supuesto de que semejante opción no diese los frutos deseados en un plazo razonable. Porque resulta bastante lógico preguntarse acerca de la situación en que nos quedaríamos si siguiésemos sus recomendaciones y no diesen resultado.

El capitalismo es difícil de dirigir
Mi opinión es la siguiente. El sistema capitalista, digan lo que digan sus críticos, opera espontáneamente y se resiste a ser dirigido, incluso por sus agentes más poderosos. Sí, pueden intentarlo y de hecho lo intentan, pero sus acciones son como construir una presa en un río: no se puede conservar el agua embalsada eternamente, la fuerza de la gravedad siempre acaba haciendo su trabajo. Bien, el capitalismo ha entrado en un proceso acelerado de mundialización. Los países del primer mundo todavía no han aceptado esta realidad y, mucho menos, se han preparado efectivamente para ella. Lógicamente, los primeros afectados han sido los países de economías más débiles, digamos la periferia. Éstos han venido disfrutando de una posición que les permitía navegar entre dos aguas. Pero gran parte de su desarrollo se ha basado en sueldos más bajos que los países más desarrollados y una economía poco tecnologizada todavía rentable gracias a ello. Pero en una economía global, esta ventaja desaparece ya que otros muchos países pueden ofrecer unas condiciones todavía mejores para el desarrollo de este tipo de economía, así como para convertirse en centro de fabricación de productos desarrollados en el mundo rico.
A esta coyuntura, en cierto sentido novedosa, se le ha añadido otro factor de gran trascendencia: la endeblez endémica del sistema financiero, ficticio y absurdo, y en cuyo ADN se encuentra la inevitabilidad de los ciclos. El ciclo depresivo estaba anunciado como los terremotos, se sabía que ocurriría pero no cuándo.
La mundialización de la economía y la crisis financiera son los factores esenciales de la tormenta perfecta que ha generado el actual tsunami. Los neokeynesianos se equivocan al pretender que una solución del pasado -en el caso de que hubiese sido efectiva entonces, lo cual es mucho suponer- nos servirá automáticamente en el tiempo presente. Y esto es así por una razón muy obvia: jamás se había producido una crisis de estas características.
Los riesgos que afrontaría un país como España siguiendo una política expansiva del gasto público basándose en el endeudamiento son tan gigantescos que ni siquiera los maneja nadie en su sano juicio porque, simplemente, la capacidad de endeudamiento tiene un límite evidente en los recursos que consigas de los prestamistas. A nadie se le escapa que este límite se alcanzaría muy pronto y que el paso siguiente sería la quiebra.
Los países como España, Grecia, Irlanda, Italia y ya enseguida otros menos periféricos, no tienen esa opción. La pregunta es, entonces, si países como EE.UU o Alemania la tienen, cuáles serían sus consecuencias y si la adopción de tales riesgos está justificada en una situación como en la que se encuentran.
En mi opinión estos países están resguardados en la retaguardia, con algo más de tiempo antes de la llegada del tsunami pero ello no quiere decir que estén libres de riesgo. El país americano tiene a su disposición una supereconomía con gran capacidad de reacción, lo cual es su gran fortaleza. Sin embargo ya es un país tremendamente endeudado. Por el momento dispone de una ventaja competitiva inmensa en su moneda, en la cual todo el mundo sigue confiando.
Pero si esta confianza se rompiese, EE.UU podría verse devastada por la ola. Su posición no es tan firme como podría parecer a primera vista, como puso de relevancia la crisis de las sub-prime. La Gran Depresión o la crisis de los años 70 demuestran que el ídolo podría tener los pies de barro. En el pasado no tenían competidores pero en el presente de la economía global nadie puede conocer cuáles serían las consecuencias de una crisis más profunda en los Estados Unidos. Hacer experimentos sin garantías en estas condiciones parece demasiado arriesgado y no creo que lo hagan si no se ven forzados por pura desesperación. Aún no están en esa situación.
Alemania es un caso parecido. Su sistema financiero está muy dañado y su prioridad será siempre impedir su quiebra, por lo que, ahora mismo, parece imposible que cambie de política. Por otra parte su tamaño no le permite lanzarse a la salvación de Europa en un salto sin red que nadie sabe a dónde conduciría.

No hay soluciones-milagro
Mi conclusión es que nos esperan largos años de tormenta. El río del capitalismo está desbordando por encima de la presa. La mundialización de la economía no se va a detener y ello implica que los países considerados ricos lo son menos. El mundo ha crecido. Las fábricas seguirán yéndose a los países con menos costes laborales. El sistema financiero tendrá que ser reformulado para que sirva de factor estabilizador y no al contrario.
Los países como España no tienen muchas opciones. Crear una situación que permita desarrollar su economía es su única opción real: contener salarios, bajar impuestos, ponerlo fácil para la revitalización del intercambio económico, desarrollar su tecnología al máximo, maximizar sus ventajas comparativas, etcétera. Todo lo que se puede hacer es a medio plazo.
No hay una solución mágica y, desde luego, no pasa por un endeudamiento estatal que, simplemente, está fuera de nuestro alcance.

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