domingo, diciembre 26, 2004

Violencia en Red liberal: polemica por la baja de Macliberal

Acabo de leer con algún tiempo de retraso la polémica suscitada por el abandono de Redliberal de uno de sus bloggers, Javi Rodríguez y su Burguerliberal. Es difícil de digerir que esto ocurra entre liberales si liberalismo es lo que yo entiendo que es. Luego o bien estoy equivocado y no soy liberal o bien aquí se ha extendido la impostura y la apropiación indebida del término de una manera que sería pasto de psiquiatras si hubiera buen parné de por medio.
Así, a toda velocidad haré públicas algunas de mis melancólicas reflexions acerca de esta batalla campal que se adivina punta de iceberg.

-Constato que es una verdad como un templo que algunos escriben en Redliberal con un bate de beisbol por principal argumento. Lo supongo legítimo -metafóricamente hablando- pero es desagradable. Para mí liberalismo es el grado máximo de urbanidad en términos políticos. El respeto a las ideas del prójimo es lo mínimo para empezar hablar, al menos si el contrario dialéctico no tiene intención de detenernos o fusilarnos, lo cual no parece el caso.

-Se ha extendido una batalla cruenta en el país de la hiperlegitimidad. Los crímenes de Stalin inhabilitan a la izquieda para los restos. Los de Hitler (y Franco, naturalmente), a la derecha. Es eveidente que muchos consideran a la democracia como en ese mal menor en el que no queda otro remedio que aguantar a quien con gusto se tiraría al mar.

-El liberalismo parece, además, el territorio de exilio de los conservadores que no gustan de ser conservadores y de los progresistas que no gustan de ser progres. Pero este ciudadano no emparenta esto con los famosos complejos sino con las carencias que evidencia nuestro país en términos políticos. Quien más y quien menos ha sido educado en la dicotomía derecha/izquierda que es más falsa que los billetes de siete euros.

-Constátase, asimismo, que existen dos corrientes muy acentuadas en el liberalismo: el progresista y el conservador, o si se quiere, el de derechas y el de izquierdas. Existen unas coincidencias básicas en terminos económicos que, en términos de moral, desaparecen y se vuelven discrepancias que, a veces, llegan a ser muy violentas. Siento decirlo, pero a este ciudadano el grado de violencia que se alcanza de vez en cuando le produce una inevitable vergüenza ajena.

-Por lo mismo, aprecio en Redliberal un pluralismo digno de encomio. Que sea un frente antigubernamental (como defiende el autor que deja este foro),es harina de otro costal. No se puede obviar el hecho de que el Gobierno de la nación está actualmente ocupado por un partido de izquierdas, socialista y muy influido por ideas extremas en cuestiones de intervención estatal o en temas medioambientales. Es un hecho irrefutable que el gobierno Zapatero hace un uso prolijo de la demagogia (lo que, por otra parte, matiza mucho la afirmación anterior puesto que una cosa es predicar...) y no es menos irrefutable que es un gobierno que está apoyado por partidos que quieren destruir la nación cuyo gobierno apoyan. Es completamente natural que todos estos hechos no sean plato de buen gusto para quienes se reclaman liberales y más aún para aquéllos cuya querencia por los conceptos de nación y tradición tienen una mayor significación.

-Pero si lo anterior es cierto, no menos cierto es que el liberalismo tiene un papel que hacer más allá de la coyuntura política concreta. El incremento de la influencia liberal es algo a lo que deberíamos aspirar para los gobiernos de ZP como para los de los conservadores. La extensión y la conservación de los principios liberales es un objetivo necesario para los gobiernos, sí, pero también, y sobre todo, para el sistema mismo, que nació liberal y, sin embargo, ha de soportar constantemente los intentos de coartar las esencias básicas que produjeron su nacimiento y desarrollo. Y eso es algo que trasciende a los momentos históricos concretos para ir más allá, al terreno de esa Historia con mayúsculas que tantas veces ignoramos.

-La pérdida de matices en el discurso no es buena para Redliberal. Quienes quisieran una red formada exclusivamente en las opiniones que comparten yerran gravemente el tiro, en la humilde opinión de este ciudadano. El liberalismo no debería ser un dogma fijado hasta en sus últimos extremos. El liberalismo es un sistema de valores abierto donde existen unas pocas ideas básicas muy generales que es posible desarrollar en diferentes direcciones. No es lo mismo Hayeck que von Mises.

-En la discusión creada a partir del anuncio de solicitud de baja del blog "Macliberal", se han cruzado una serie de calificativos personales que me repugnan. Desde aquí hago un llamamiento para que se eviten este tipo de no-argumentos. Con un mínimo esfuerzo se puede evitar llamar a alguien tonto útil, por ejemplo. No se conseguirá hacer atractivo el liberalismo, que ha de luchar denodadamente para romper el inmovilismo político del país, si quien se acerca a un foro como el de Red Liberal, por ejemplo, lo que encuentra en lugar del esperable "think-tank colectivo" es un patio de vecinos berreantes que se ponen a caer de un burro entre ellos. Creo que somos muchos los que no nos sentimos identificados con esa forma de proceder.

sábado, diciembre 18, 2004

Turquia, el orgullo europeo y la democracia soñada

La doncella mora se insinúa en el alféizar de una ventana en la ¿lejana? torre. El civilizado europeo, próspero comerciante de amaneradas y rígidas costumbres, la contempla extasiado. Si la abandono –piensa- vendrá quien arrase la torre y con ella la promesa de un amor. Si la pretendo puede que no pueda responder a las exigencias de su familia viva y a la moral de sus antepasados muertos. Esta promesa que excita la concupiscencia del gentleman de la Vieja Europa le tiene paralizado. Hay terror en su mirada y hay un desaforado latir en su pecho. Hay complejos ancestrales, quizá recuerdos de antiguas y modernas batallas, y hay un sueño de futuro que obnubila la razón de comerciante.
Permítaseme esta pequeña digresión metafórica para introducirme en la real politik del presente. Nos preguntamos todos estos días qué será de la UE si llega a entrar en ella un día Turquía, heredero moderno de un antiguo imperio que fue de los más encarnizados enemigos que jamás hayan tenido muchos países europeos. En los periódicos podemos encontrar perfectamente señalados los interrogantes que plantea la posible adhesión turca: su cultura y religión diferentes, los estándares democráticos todavía inalcanzados, su amplia población, su situación geográfica, las fronteras inseguras, el desequilibrio económico…No se insistirá aquí sobre ello. Es mayor, en la humilde opinión de este su conciudadano, el problema que se plantea de orden estrictamente político, más allá de los aspectos puramente administrativos.
Todos sabemos en Europa que el mundo islámico está observando atentamente cada movimiento que se de en este asunto. La UE sabe que no puede decir no a Turquía, he aquí la madre del cordero. El no supondría el aniquilamiento de toda esperanza de democratización en los países mahometanos. El no supondría dar carta de naturaleza a la tesis del choque de civilizaciones. El no acabaría por exacerbar la realidad de un quintacolumnismo incontrolable en el seno de nuestras sociedades. El no supondría aplazar sine die el desarrollo de un capitalismo real, no estatalista, no plutocrático, en el mundo árabe. El no significaría el abandono político de los reformadores liberales en el mundo musulmán y su absoluta orfandad frente a los radicalismos religiosos. El no significaría que la reforma religiosa efectuada por el cristianismo desde la Inquisición hasta nuestros días seguiría sin encontrar su imagen especular en el Islam. El no sería la derrota para muchas generaciones más de las concepciones laicas o no confesionales de los estados en los países donde la población es mayoritariamente musulmana. El no significaría la renuncia a la posibilidad, por remota que esta sea, de establecer un vínculo profundo entre las sociedades de raíz cristiana y las mahometanas que genere intereses comunes que defender conjuntamente en el futuro. El no supondría plantar la semilla de la desesperanza en los pechos de los millones de musulmanes que miran a Europa con admiración y deseo de que se convierta en su propio modelo de sociedad.
En realidad, si lo que estuviese en juego fuese la conservación de la UE tal y como la hemos conocido hasta ahora habría que dar un sonoro portazo y decirle a la doncellita otomana que se busque un noviete que crea en sus mismas cosas. Pero lo que se juega es de otra naturaleza. En primer lugar, la propia UE está en pleno proceso de autodefinición y ni ella misma sabe bien qué quiere ser de mayor. La ciudadanía europea es la primera en vivir la llamada “construcción europea” más bien estupefacta: su clase política, en este asunto, hace como los viejos cowboys de los “western” holywoodienses: primero dispara y luego pregunta. Se trata de un proceso lleno de contradicciones internas que despierta muchas adhesiones pero también genera mucho escepticismo. Existió un consenso general en toda Europa respecto a la necesidad de abrir fronteras, romper las barreras del proteccionismo económico, y, en definitiva, construir el mercado único que los siglos XIX y XX habían destruido. Este consenso se rompió según se fue adentrando en los territorios monopolizados tradicionalmente por el sentimiento nacional. A pesar de ello, la clase política se sintió llamada por la Historia y no cejó en su empeño de dirigirse hacia una progresiva unión política. Más o menos a regañadientes, las sociedades le fueron siguiendo, cada vez más críticas. Los europeos herederos del Imperio Romano, del Sacro Imperio germánico, los anglosajones y, en fin, la Europa más occidental siempre han tenido la conciencia de pertenecer a un mismo espacio político. No había que forzar demasiado. La zona escandinava ha compartido mucha historia y hay cierta naturalidad en la confluencia. La vieja Prusia, tres cuartos de lo mismo. Incluso sin demasiado esfuerzo, los mediterráneos podemos acostumbrarnos a los eslavos y viceversa. La reserva espiritual de Occidente puede sentirse fácilmente hermanada con la reserva espiritual del Este que es Polonia a poco que las técnicas del moderno marketing político se empeñen. Incluso, podemos aceptar a esa pequeña comunidad musulmana bosnia que casi se ve desde Italia. Pero no neguemos la realidad, a la mayoría de los europeos les va a costar mucho identificarse con los tíos que dejaron manco a Cervantes, según cuenta la leyenda.
Pero los pueblos no eligen sus encrucijadas históricas. Es el momento de preguntarse hasta qué punto creemos en nosotros mismos. Nuestro orgullo europeo, nuestra voluntad de vivir en libertad ¿puede asumir el reto de integrar una cultura como la musulmana que se está planteando aún –en el mejor de los casos- cuestiones que nosotros hemos dejado zanjadas hace siglos?¿Pueden 70 millones de conciudadanos provocar un terremoto cultural, una confrontación cívica?¿Se puede confiar en la fortaleza de nuestras leyes e instituciones, en nuestra capacidad para impedir que se forme un macrogueto en nuestro mismo corazón?
Más aún, la pregunta que cree este ciudadano que debe plantearse es ¿es el rechazo a la inclusión en la UE de Turquía una opción viable? Y la respuesta que cree correcta este ciudadano es que Turquía va a ser un fabuloso dolor de cabeza, un soberano grano en ya sabe usted dónde, amable lector, una constante intranquilidad, sí, pero incluso dando esto por sentado, el no es inviable. Los pueblos no eligen las encrucijadas en que le sitúa la Historia. Tal vez sea el momento de recordar aquello de “si tiene solución, de qué te preocupas, y si no la tiene, de qué te preocupas”.
¿Qué puede pasar en peor de los casos?¿Qué se ralentice el proceso de integración nacional en el seno de la UE?¿Quién puede asegurar que se vaya a llevar a cabo, en cualquier caso?¿Qué es lo mínimo que puede pasar?¿Qué se gane un mercado de 70 millones de personas y que se ayude al desarrollo del capitalismo en esa zona del planeta? Un liberal debe ver eso de manera esperanzada.
¿Y si sale bien? Se abriría una gran puerta de esperanza a la globalización de la democracia. ¿Se imagina, amable lector, una UE que incluyera con los actuales estándares del estado de derecho las dos orillas del Mediterráneo? Este ciudadano no puede ver sino como el mismo Paraíso un sueño de esa naturaleza ¿Hay fundamentos en la realidad para soñar con algo así? Quién sabe. Marruecos podría seguir el ejemplo turco. Israel ya debía ser UE. ¿Efecto dominó? ¿Por qué no? El fracaso ya lo estamos viviendo así que ¿qué podemos perder?

jueves, diciembre 16, 2004

Nota liberal sobre las lenguas de Galicia

Hay una tendencia humana, tal vez muy comprensible pero, desde luego, indefendible, consistente en rebatir tonterías con tonterías aún mayores. Este fenómeno es especialmente censurable en personas bien informadas a las que en muchas ocasiones asiste la razón. España viene padeciendo desde hace demasiado tiempo el acoso y hostigamiento político y cultural de lo que se ha dado en llamar “nacionalismo periférico”. El sustento intelectual e histórico de la ideología separatista es el que todos conocemos y no viene al caso que me detenga ahora en analizar sus pobres y falaces argucias discursivas. Uno de los peores efectos del nacionalismo es el reflejo de disparates que provoca. Creo que este el caso de una respuesta dada por el señor César Vidal, a menudo ponderado en sus opiniones, en un antiguo diálogo con los lectores en Libertad Digital que este ciudadano ha releído esta mañana. “La verdad es que desde hace siglos el gallego quedó relegado en Galicia a las aldeas y los mismos gallegos capitalinos preferían hablar en castellano. Es un fenómeno muy similar al de las Vascongadas y distinto del vivido por Cataluña”. Esta afirmación es falsa de todo punto y no puede estar basada sino en la ignorancia de los hechos o en los prejuicios y en un historiador es difícil creer en lo primero. Pero, incluso, a pesar de la tergiversación de la realidad, ésta se manifiesta tozudamente en contra de lo pretendido por el autor de la afirmación. Es cierto que la presión a la que se vio sometido el gallego tuvo mayor éxito en las ciudades que en el rural. El problema es que el porcentaje de gallegos “capitalinos”, si la referencia es “desde hace siglos”, es, sencillamente, escasísimo. En Galicia -que partió de una situación monolingüe tras la transformación del latín en lenguas romaces en la Península Ibérica-, a día de hoy, existen 7 ciudades y sólo dos de ellas rondan los 300 mil habitantes (245 mil La Coruña y un poco menos de 300 mil Vigo). Veamos. La Coruña y Ferrol son mayoritariamente castellano hablantes desde hace unas bastantes generaciones, particularmente en su casco urbano aunque no, desde luego, en su periferia rural, donde el predominio del gallego es casi absoluto. Pontevedra, otra pequeña ciudad, tradicionalmente burocrática, también manifiesta una cierta preponderancia del castellano, aunque no tan clara, en su núcleo urbano. Su zona rural también es gallegohablante. Vigo, primera ciudad gallega, un poco más grande que A Coruña, está también muy inclinada hacia el castellano en su ámbito más urbano, lo contrario de lo que ocurre en su zona rural, que es muy amplia, donde el gallego es mayoritario. Lugo y Ourense, son inequívocamente gallegoparlantes. Santiago es algo más gallegoparlante que castellanoparlante. Esto es a día de hoy. Hace siglos Vigo apenas existía como ciudad. A Coruña y Ferrol y Pontevedra –donde más castellano se habló siempre- representaban un porcentaje muy pequeño de la población gallega. El resto de Galicia era inequívocamente gallegohablante, lo que sucede aún hoy. Al inicio de la democracia, Galicia era gallegohablante en 80%. Hoy ese porcentaje se ha reducido muchísimo, dibujándose un cuadro de más o menos, 60%/40% en favor del gallego. Sin entrar en más disquisiciones, por sí sólo estos hechos señalan un panorama completamente diferente al planteado por el señor César Vidal. En nada se parece a la situación del País Vasco, donde hay amplias zonas donde nunca se habló vascuence y donde este idioma siempre fue minoritario respecto al castellano. Desde luego, tampoco se parece en nada a la situación vivida por el catalán, puesto que el gallego perdió muy rápidamente su prestigio social tras su época de gloria de las cantigas de la época de Alfonso X, el sabio, monarca castellano-español que escribió su obra poética en la lengua galaicoportuguesa de la época, muy valorada en toda Europa, y después de que los Reyes Católicos decretaran “la doma y castración del Reino de Galicia”, debido a cuestiones políticas de sucesión y demás. Las clases dominantes catalanas nunca abandonaron su lengua vernácula, algo que sí hicieron las gallegas. De modo que la situación del gallego siempre ha sido muy diferente de la vasca y catalana. Esta pérdida de prestigio, en cambio, tuvo su contrapunto en que tras cinco siglos de prohibiciones y de haber sido reducido a las catacumbas sociales, cuando se volvieron otra vez los ojos sobre esta lengua de pobres en país pobre, resultó que estaba en bastante buen estado. El gran descenso en el uso del gallego se ha ido produciendo en las últimas décadas y bastante aceleradamente, por cierto. Afortunadamente, los gallegos no nos hemos empeñado en ese provincianismo fascista que son los nacionalismos, ni nos hemos vuelto locos con esa cosa tan poco democrática que es la reversión lingüística. Desafortunadamente, esta forma de ver las cosas, poco dogmática, práctica y realista, propia de un pueblo que ha sufrido tanto y que ha visto a tantos de los suyos tener que irse a buscar las habichuelas a tierras lejanas y extrañas, ha provocado que una de nuestras lenguas, tal vez (y sólo tal vez) la más nuestra, puesto que nació aquí, se encuentre a día de hoy en un claro proceso de regresión. La historia es así, tiene tristes accidentes y la agonía y muerte de una lengua es uno de ellos. Fenómeno natural, por cierto, como la vida misma, no en vano las lenguas "son" la vida misma. Espero que esto no derive en obtusos nacionalismos, aunque tengamos uno incipiente y bien obtuso que, sin embargo, es visto por la mayoría de los gallegos con gran desconfianza. No obstante, es fenómeno de temer, por contagioso. Lo que es seguro es que no ayuda en nada a la cordura y al imperio del raciocinio el negar la realidad con bobadas prejuiciosas como la que es objeto de este comentario.

miércoles, diciembre 15, 2004

Izquierda Unida, fantasma atrapado en el castillo

Veo a los de Izquierda Unida en su permanente impostura ideológica, árbol perenne de la caricatura política. Trajeados o en estilo "casual" llaman a la revolución. ¿Quién ha de ir? Las mentes roturadas seguirán abrazadas a la mitología del pasamontañas, la guitarra folk y rezarán panfletos por mártires suicidas chilenos. Lágrimas desautorizadas por la historia rodarán por mejillas sonrosadas por la buena sobrealimentación al escuchar los compases ensangrentados de la internacional. Desde sus burguesas casas o mansiones llamarán a la revolución y ¿quién irá? Sois pobres, repiten a la clase media y ésta, en parte, despiste de la súbita riqueza, se deja influenciar. Sois pobres y allá en las alturas el consejo de los corruptos especuladores os dominan de todas las formas y maneras posibles. Ay, cómo disfrutan viendo trabajar a los niños y viendo morir de Sida a esos asquerosos negros africanos. El feroz neoliberalismo que arrasará nuestro mundo mientras la gente se masturba con sus cachibaches presa del autodestructiva ansia consumista y los adolescentes se inflaman y asienten y se imaginan heroicos en Chiapas, con el pasamontañas de los sueños inalcanzables; salvar el mundo ya que nuestros viejos están perdidos, burgueses y acomodados. En la Universidad asienten también los profesores, catedráticos decimonónicos, sabido es, el hambre, el lobo, el hombre, la violencia caníbal, socialismo y libertad, materialismo dialéctico, científico expolio del proletariado, la mentira es arma política (y se dispara al corazón, eso lo dice este ciudadano, naturalmente).
Y todavía por ahí figura una hoz que seccionó tantas yugulares y un martillo que aniquiló tantas conciencias.
Se plantea no obstante la duda liberal. No iremos a la revolución, casi nadie irá, increíbles pasionarias del XXI, pepitos grillo del delirio del autodio y la conmiseración, mejores sois que el prójimo, así os creéis, engreídos, pero casi nadie irá, vuestra revolución se ha secado, estéril, menopáusica. No obstante, se pregunta este ciudadano liberal, qué haremos con vosotros, conciudadanos equivocados, pues se os necesita, pues, terrible absurdo, podríamos ser nosotros los errados. Sois muy pocos pero sois. Y la democracia os necesita, mientras liquidáis vuestra herencia, porque aquí no sobra nadie. Qué se hará con vosotros que tanto odiáis lo que tenemos, esperanza única de los desheredados que precisan de capitalismo como agua para beber y aire para respirar, aunque vuestra oferta sea revoluciones esqueléticas, hambre, y comisariado político, también el miedo es un arma (de destrucción masiva). Qué hacer con vosotros, peligro cierto, quinta columna de la destrucción, funcionariado de la subvención, burócratas presentes de las sociedades ideales del futuro, odiantes confesos del liberalismo que os permite ser lo que sois -sus enemigos-, qué hacer con vosotros que queréis arrebatar el trabajo de generaciones a base de imprudencias que no sabéis medir y que, sin embargo, se os necesita para empujar el carro colectivo hacia el presnte futuro, o sea, mañana por la maña y por la tarde y pasado mañana, estos años de ahora. Abrid los ojos, y que agonice el dogma, abrid los ojos que es un dogma asesino, tanto se ha matado en su nombre.
Ay, Izquierda Unida, fantasma atrapado en el castillo, arrastrando la cadena del Partido Comunista, atemorizando a quienes pagan hipotecas, funcionarios de una macabra equivocación histórica. Poneos la máscara de oxígeno, respirar profundamente, volved a la vida, arrojad al mar esas horribles cadenas, que se las lleve el óxido, que se las lleve el diablo, que se las lleve el olvido.

martes, diciembre 14, 2004

Jugando con fuego

Nuestro sistema manifiesta una peligrosa debilidad precisamente en su éxito. Es un éxito que nos ha vuelto comodones. Acostumbramos a dar por hecho que mañana seguiremos teniendo ahí las leyes para garantizar nuestros derechos. Que seguiremos pudiendo asociarnos, manifestarnos, pronunciarnos en público y privado en libertad. Damos por hecho no sólo que mañana seguiremos siendo igual de libres y prósperos sino también que nuestros hijos estarán a salvo de las dictaduras y la pobreza. Nuestra riqueza nos ha convertido en unos olvidadizos engreídos. La desatención que evidenciamos con nuestro sistema político sería letal aplicada en un grado similar en nuestro trabajo, en nuestra familia, entre nuestros amigos. No consideramos que nuestra democracia sea asunto nuestro. Se supone que tiene vida propia y aunque no estamos tan idiotizados como para no darnos cuenta de las imperfecciones que se le notan a todas luces, en fin, ya habrá alguien que se preocupe del asunto. En cierto sentido, todos sabemos que tenemos que cuidar la democracia pero no creemos que se note que uno se escaquee porque quedan otros muchos para hacer el trabajo.
Los políticos profesionales son los primeros en padecer esta enfermedad social. Son conscientes de que su comportamiento está alejando a la ciudadanía del sistema pero todos parecen creer que la situación no es tan grave como para que se vaya a perder el control. Es más, parecen complacidos ante la realidad de una sociedad formada por individuos no demasiado comprometidos políticamente. Obviamente son de la opinión de que de este modo la sociedad se ofrece más maleable e indefensa. Es decir, su poder se incrementa si son mayoría los que se encogen de hombros ante su comportamiento manifiestamente imprudente, además de muy poco democrático.
Tras asistir estupefacto a las deposiciones de presidente y ex-presidente de gobierno en la comisión del 11-m este ciudadano no se saca de la cabeza la convicción de que estamos jugando con fuego. Los políticos profesionales están bordeando el descrédito total, mientras se permiten jugar con los expertos de la manipulación a su servicio a excitar las más bajas pasiones de los menos avisados. Como dos caras de la misma moneda los ciudadanos o están instalados en el desapego más absoluto o parecen cada vez más inclinados a un absurdo guerracivilismo que parece resucitado de la tumba de los tiempos más remotos. Pasa aquí y pasa en todo occidente, donde cada vez vemos más países muy divididos y, a la vez, cada vez menos interesados en perfeccionar su sistema democrático o en salvarlo de los ataques de las sectas que esperan porder servirse de él: partidos, corporaciones, funcionariados de todo tipo, ejércitos de subvencionados y toda una larga lista de asaltantes. Un día nos vamos a despertar con un montón de salvapatrias encaramados a los resortes de poder y entonces, ay, entonces sí, lloraremos por nuestra perdida democracia liberal.

jueves, diciembre 09, 2004

Miscelanea melancolica

Hay días que uno se siente más melancólico de lo habitual, con la sensación de vivir rodeado de señales de una apocalipsis patética, ridícula, absurda. ¿Se trata de una apocalipsis imaginaria?¿Nos alcanza ya el Armagedón del maníaco con delirio de persecución? Hay días que uno se siente deudor en el paraíso. ¿Qué quieren decir todas estas señales?¿Sabré leerlas?Al fin y al cabo, el mundo es una interpretación. Nada más real que un miedo, ¿verdad?, por muy infundado que éste sea.
La derecha se ha cabreado muchísimo por la participación de las autoridades gibraltareñas en unas conversaciones sobre el Peñón. El enfado está justificado, se entienden bien las razones. Gibraltar tiene mucho de corporación criminal y viene siendo un grano en ya sabe usted dónde para el orgullo nacional desde hace tres siglos. Pero, si somos sinceros, la cosa tiene mucho de pose. Si el asunto es tan grave pongámonos en serio con él. Rómpanse relaciones con el colonizador. Denúnciese en cuanta instancia se pueda. Bloquéese la colonia. Destrúyase la parte del aeropuerto que invade nuestro territorio. Derríbense los aviones que sobrevuelen nuestro espacio aéreo. Y eccétera. Pero nunca he visto a ningún gobierno español dispuesto ni a tanto ni a mucho menos. Ni siquiera la dictadura nacionalista se puso brava con el asunto. Ni siquiera los gobiernos de la derecha que tanto se solivianta ahora. A mí todos estos aspavientos me suenan a juegos de caballero ofendido en su honor pero que, realmente, no quiere recoger el guante. Normal, porque no merece la pena. A dónde hay que llevar el asunto es a los tribunales si se tienen pruebas para sostener la acusación de lavado de dinero y luchar para que se acabe la situación de paraíso fiscal de la Roca y sus privilegios. Que se impongan las leyes y la historia hará el resto. Derríbese cualquier atisbo de verja y la colonia caerá por sí sola. Si España sigue progresando en su desarrollo como lo viene haciendo en el último medio siglo Gibraltar se reintegrará con toda naturalidad. Lo que España no debe consentir de ninguna manera es que la UE sea el imperio de las excepciones. Las garantías jurídicas son condicion indispensable para el desarrollo.
Tampoco me ha ayudado a librarme de este melancólico estado la lectura de un artículo de Rafael Torres cuya excusa era el famoso informe este sobre educación que circula estos días por los medios de comunicación y que nos sitúa en las últimas plazas entre los países de la OCDE. Según el conocido opinante, se trata de una consecuencia de la guerra civil, la dictadura y el exilio de las mentes más preclaras conocido como fuga de cerebros y, claro, es como para no ponerse melancólico. Ni se me había ocurrido pensar que ésta pudiera ser la explicación, tonto, tontísimo de mí. Yo estaba seguro, ay, tonto, tontísimo de mí, de que si las pruebas en las que se basa el famoso estudio las hubiera realizado un estudiante español del año 60 o 65 hubiera salido nuestro país mucho mejor parado. Pero deben ser imaginaciones mías. Cuando veo a mis conciudadanos, estudiantes de esa época de nuestra historia, y recitan aún hoy los ríos del mundo, y hacen raíces cuadradas con más facilidad que yo las divisiones más sencillas, y hasta saben qué es un logaritmo, y tienen amplias nociones de latín y escriben con una correcta sintaxis y hasta, pásmense, sin faltas de ortografía, en realidad soy víctima de algún tipo de engaño fascista, tonto, tontísimo de mí, por fin lo comprendo. Yo que pensaba que el poco halagüeño resultado algo tendría que ver que España tuvo que corregir en relativamente poco tiempo unas amplias tasas de analfabetismo y carencias estructurales en educación, que hubo que realizar escolarizaciones masivas porque tocó el "babyboom" y porque amplias capas de españoles todavía no consideraban la escolarización de sus hijos entre sus prioridades -y qué decir de las niñas-, que hubo que adaptar la educación del país a los estándares de la democracia, que las convulsiones políticas propias de una transición tras cuarenta años de dictadura provocaron excesivos cambios ideológico-pedagógicos porque los partidos políticos no supieron sacar la educación del debate político cotidiano, demasiados y en demasiado poco tiempo, porque cada partido pretendió arreglar el asunto partiendo de la idea de que todo lo anterior era un desastre, que los socialistas se equivocaron gravemente al imponer experimentos pedagógicos sin sustento científico que se han demostrado claramente perniciosos para el conjunto del país y para los estudiantes que tuvieron que padecerlos en sus carnes, que hubo que contentar a las minorías nacionalistas provocando tensiones educacionales (y lingüísticas) serias donde lo ideológico pesó más que el interés de los estudiantes o el interés general, que el país en sí mismo vivió aceleradamente los cambios sociales profundos del siglo XX y que no siempre supo adaptar su sistema educativo a ellos y, que, naturalmente, el Estado fue incapaz de abrir la mano y dejar que la sociedad pudiera crear sus propias respuestas educativas imponiendo una visión totalmente intervenida de la educación, tanto en lo referente a los planes de estudio como en el propio acceso a la educación. Pero, en fín, tonto, tontísimo de mí, esto eran minucias comparadas con la gran sombra destructora de la dictadura.
Y para rematar he de reconocer que me tiene muy melancólico desde hace unos días la negligente indiferencia con que este país pasa sobre la conmemoración de su Constitución. En rigor hemos de aceptar que no se celebra la fecha de su cumpleaños, lo cual es bastante extraño en un país en el que todos son tan demócratas y que tiene en un su pasado el orgullo de una heroica lucha contra la dictadura ésa que tuvo el mal gusto de extinguirse con naturalidad y sin tragedia y dejar en herencia una democracia. La soberbia de nuestro éxito nos incapacita para el legítimo orgullo de un cuarto de siglo de progreso, paz y convivencia más o menos civilizada. Desde luego, hay días que este ciudadano mira con disgusto a su patria ¿Y sabe por qué, amigo lector? Porque no comprender el fundamento de lo que se tiene es el mejor camino posible para destruirlo, tal y como los niños consentidos rompen sus juguetes.

martes, diciembre 07, 2004

Neoliberalismo, franquismo, derecha e izquierda (II)

Neoliberalismo es la otra gran palabra -y digo bien palabra y no concepto- que al izquierdismo más demagógico -quiero creer, y de hecho creo, que existe otro que no lo es- se le cae de la boca en cuanto la abre. Es una palabra curiosa esta de neoliberalismo y este ciudadano reconoce que le resulta bastante inasible como todos sus parientes lingüísticos del tenor de neofascismo, neocon, neonazis, etcétera. No parece casual la inexistencia del vocablo neocomunista en el uso común del lenguaje político de las democracias liberales. Resulta evidente que, pongamos por caso, a Izquierda Unida, en el panorama de la democracia española, le sentaría como un traje hecho a medida. Pero no. Su escasa circulación está restringida a las versiones adaptadas al juego electoral liberal de los partidos únicos comunistas de los países que hasta hace bien poco languidecían bajo un cruel sistema dictatorial inspirado en la teoría marxista-leninista. Este uso restringido favorece indudablemente a los partidos comunistas que vivieron la guerra fría a este lado del muro ya que se presentan públicamente como entes diferenciados orgánica e ideológicamente de los del otro lado: sus muchos crímenes le son por completo ajenos. Esta extraña asignación de la partícula "neo" merece una mirada atenta que este ciudadano deja para más adelante.
Cuando se escucha o lee a algún prócer del izquierdismo pontificar contra la globalización o contra la "Europa de los mercaderes" o contra el FMI es prácticamente imposible que no se encuentre en el discurso la afirmación de lo terribles que resultan las recetas neoliberales para ciertos países o para los pobres del mundo o para las clases trabajadoras o para las especies amenazadas y la biodiversidad o para...El listado es conocido y no le aburriré, amable lector. Lo que este inocente ciudadano se pregunta es cuál es la diferencia entre neoliberalismo y liberalismo. He leído alguna "cosa" indicativa. El liberalismo "clásico" resulta ser, más bien, un modo humanista de entender la vida que aprecia la libertad y detesta los fundamentalismos. Voilà. El neoliberalismo, en cambio, es una versión retorcida de unos principios generales que lo único que pretende es la extensión por el mundo adelante del imperio de las grandes corporaciones, facilitando la cobertura ideológica para la vil explotación del hombre por el hombre. No hay mal sobre la Tierra que no pueda ser achacable al neoliberalismo "feroz" o "salvaje" (estos epítetos tienen la costumbre idiota de ir colgados del palabro hasta el punto que sugiero a la Academia la inclusión del neologismo "ferozneoliberalismo" o "neoliberalismosalvaje"): desde la crisis argentina al hambre africana, pasando por los problemas de los agricultores europeos y la prostitución infantil filipina. Tampoco aquí le aburriré, amable lector, con un listado que conoce perfectamente. Lo cierto es que con el tiempo, las expresiones aquí comentadas han ido adquiriendo el aspecto y la función de un mantra cuya significación es irrelevante porque importa más el sonido, la tranquilidad moral que otorga, la inmediata inclusión en el bando de los buenos, de los preocupados por los desamparados y por el planeta, de los generosos y los solidarios. Reconforta a quien lo pronuncia porque no exige demostración y conduce al trance de los pertenecientes al Partido de los Ángeles y eleva de las miserias humanas por oposición a los otros, a los incapaces de entender, a los alienados moral y físicamente, a los manipulados por el poder universal de las multinacionales, a los pobres millones y millones de trabajadores que en todo el mundo han perdido la capacidad de ensoñación que producen estos y otros mantras, el pobre lumpen que no se deja salvar, que no reconoce a su benefactor.
¿Por qué "neo"? Cierto es que no hay ruptura histórica y que el liberalismo no ha renacido tras haber desaparecido, sin embargo, el Ministerio de la Corrección Política no puede asignar, sin más, los males del mundo al liberalismo por la sencilla razón de que el sistema político del mundo desarrollado es, con todas sus imperfecciones, un sistema político liberal surgido de las revoluciones liberales, del ideario liberal, de las aspiraciones liberales. Y lo liberal, a pesar de los pontífices socialistas, es una pulsión tan universal que se hace imposible de estigmatizar. Hágase, pues, como que se intenta abatir otra pieza. Burdo engaño. Cuando se apunta, desde la izquierda, a un presunto "neo" liberalismo se está apuntando al liberalismo sin más. Punto. Sólo la ceguera intelectual más profunda puede hacer perdurar el engaño.
No hay tal "neo". Primero porque nadie se reclama tal cosa. ¿Es que se ha oído alguna vez a alguien diciendo "yo soy un neoliberal"? Obviamente no, porque "neoliberal" no es una descripción política o económica es, simplemente, un insulto, de ahí que tras su sonido acusador no haya nada, apenas el leve roce de un delirio conspirativo, apenas la fantasmagórica imagen en la mente del militante del Partido de los Ángeles acosado por el delirio de persecución. No busque una explicación, fue el neoliberalismo salvaje. Pero es que, además, no se pretende que exista. No se puede pretender seriamente, así que la palabra se queda ahí colgada, en ese limbo discursivo del debate pobre, apresurado, una excrecencia de la desorientación política finisecular (no exclusiva de la izquierda). El tiempo ha producido grietas en el edificio de las democracias liberales y crujidos en sus pilares. La gravedad asienta la construcción. Uno de esos crujidos dice "neoliberalismo, neoliberalismo, neoliberalismo" pero este ciudadano no cree que sea nada serio. La izquierda busca su lugar, es todo. Como quien se hace hueco a codazos en el metro. Podía ser más educada, sí. Pero también podía ser peor. Ya madurará.
Una parte importante de su desconcierto es la ya aludida universalidad de los principios liberales que a regañadientes los propios herederos del socialismo se han visto obligados a aceptar. Tan es así que este ciudadano está convencido de que en el futuro la izquierda será liberal o no será. Los primeros experimentos al respecto ya se están dando pero matar al padre, si quiera simbólicamente, siempre es doloroso y a muchos parece que les atenaza el miedo, como si don Carlos fuera a levantarse de su tumba para perseguir a sus heréticos descendientes. No tal, no tal.

jueves, diciembre 02, 2004

¿Nuclear?Tal vez, gracias.

Ha habido noticias (hace unos meses) en el sentido de que un importante líder ecologista británico se ha mostrado favorable a la recuperación de la vía nuclear como forma de abastecimiento energético. Saludo con entusiasmo esta noticia. Han pasado ya demasiados años desde la puesta en marcha de las primeras centrales nucleares como para que las profecías sobre el holocausto nuclear sigan disponiendo de un crédito incontestable en las sociedades informadas.
El accidente más grave ocurrido con una central nuclear, y que se ha utilizado como presunta demostración de las hipótesis mantenidas por los ecologistas radicales y no tan radicales, se ha producido en un país donde el capitalismo no se había desarrollado y donde no existían las pertinentes garantías legales para que las cosas se hicieran con el debido respeto por la racionalidad. El desastre de Chernobil no se produjo por tratarse de una central nuclear sino por deficiencias tecnológicas, sobreexplotación de una planta que debía haber sido cerrada mucho tiempo antes, y por todo un círculo de intereses creados alrededor de un sistema donde la ausencia de competencia y seguridad jurídica dejaba en la indefensión absoluta a una ciudadanía caída en el infierno del vasallaje. Con una ley rigorista y basada en la racionalidad, Chernobil se hubiera cerrado y la tragedia no hubiera asolado Europa. Punto.
Hoy existe una sobrada suficiencia tecnológica para garantizar plantas nucleares seguras en el mundo desarrollado, mientras que un régimen legal avanzado garantiza que las cosas se hagan como es debido. Sobre lo que ocurra en países al margen de la cultura democrática no tenemos ningún control. No lo teníamos entonces y no lo tenemos ahora. Desgraciadamente éste fue el caso de Chernobil, pero en nada debería afectarnos esta realidad a la hora de tomar nuestras propias decisiones. Que occidente opte o no por la energía nuclear no impedirá que países irresponsables lo hagan.
Lo que parece bastante obvio para quien quiera acercarse a la realidad de manera desprejuiciada es que la dependencia de la economía mundial de unas fuentes energéticas no renovables, escasas, contaminantes y situadas en su gran mayoría en países no democráticos que se pueden constituir en verdaderos enemigos en cualquier momento, si es que algunos de ellos no lo han hecho ya, con la capacidad de chantaje que eso les otorga, es un auténtica amenaza que puede poner en peligro los niveles de bienestar a los que han accedido grandes capas de la población mundial y abortar el proceso de desarrollo económico para el futuro.
El fanatismo antinuclear es un camino muy arriesgado que, a poco que vaya mal, puede ser una condena a la pobreza para quienes hoy tienen esperanzas fundadas en superarla en un futuro, para quienes han salido de ella recientemente y hasta para las sociedades que hace tanto que no la padecen que se pueden permitir dejarse fascinar por este tipo de apuestas de señoritos con ínfulas de salvadores del mundo. Por otra parte, el desarrollo del capitalismo a escala global seguirá incrementando las necesidades energéticas sin que haya ninguna posibilidad de que a medio plazo los combustibles fósiles o las llamadas energías alternativas puedan garantizarlas en los términos en que lo hemos conocido hasta ahora. Si seguimos cerrándonos a la vía nuclear, su falta de desarrollo seguirá inclinando a países como China o India a opciones salvajes como las grandes presas o el incremento del uso del carbón (¿es eso más ecológico? y, desde luego, a copar un gran porcetaje de las posibilidades de producción energética global basadas en el petróleo.
Por añadidura resulta no menos evidente que la energía nuclear es muchísimo más respetuosa con el medio ambiente que los tradicionales sistemas por combustión o hidroeléctricos. Mientras tanto, las llamadas energías alternativas basadas en recursos renovables todavía están muy lejos de poder contribuir significativamente a las necesidades energéticas de la Humanidad. Esta disyuntiva se plantea, precisamente cuando los acuerdos de Kioto se están revelando como un freno inasumible para la creación mundial de riqueza. Resulta monstruoso que se pueda pedir a los ciudadanos que frenen sus aspiraciones de desarrollo económico en función de una serie de dogmas como los del fundamentalismo ecologista al mismo tiempo que se le pide a sus naciones que renuncien a una vía de producción energética que satisfaría tanto la necesidad de seguir desarrollando la economía mundial que está permitiendo la creación de riqueza y clases medias en países en los que parecía imposible hace muy poco tiempo, como la necesidad ciertamente perentoria de la conservación ambiental.
Queda un último argumento ecologista, el único, en mi opinión, de cierta enjundia: ¿qué hacer con los residuos? Yo me pregunto si en la era de los viajes interplanetarios, con una asignación de recursos, materiales y humanos, coherente con la magnitud del problema a resolver, es lógico pensar que la Humanidad no puede encontrar una solución mejor que tirar los residuos radioactivos al mar en bidones de segunda mano. Esto no se lo puede creer nadie en su sano juicio. En vez de perseguir entelequias para salvar al mundo en dos días, el fundamentalismo medioambientalista haría bien en invertir sus esfuerzos en buscar respuestas a este tipo de problemas, así como apremiar a los gobiernos de los países desarrollados para que se esfuercen en esta dirección. Pero tal vez resulta algo demasiado práctico para quien vive cómodamente instalado con el mucho dinero que produce la utopía, por un lado, y la mala conciencia de occidente, por otro. Dinero, por supuesto, detraído coactivamente de los ciudadanos en su mayoría, vía impuestos. No se ve claramente como se compadecen las teorías de todos los desastres globales que predice gran parte del movimiento ecologista y sus propuestas para "resolverlos". La Humanidad no podrá alimentarse pero se quiere impedir la pesca industrial o el desarrollo de los alimentos transgénicos. Aumentará la pobreza pero globalización y universalización del desarrollo capitalista, no, gracias. No podremos satisfacer nuestras necesidades energéticas pero las vías que ya hemos desarrollado para conseguirlo no cuentan con el "nihil obstat" del censor presuntamente medioambientalista.
Este ciudadano no propone que la Humanidad se lance a una fiebre nuclear descontrolada pero se opone radicalmente a que esta vía sea cegada y a que no se investigue y se desarrolle una energía nuclear más segura. Pero, sobre todo, este ciudadano se opone, a que el debate se haya dado por concluido por decreto de un grupo muy minoritario de nuestra sociedad que ha contado con la cobardía de la clase dirigente para imponer sus tesis. Este ciudadano se suma a quienes creen que el debate social acerca de la energía nuclear debe ser reabierto. ¿Nuclear? Tal vez, gracias.

[Nota del autor: este texto es una corrección de otro de hace un par de meses.]

miércoles, diciembre 01, 2004

Neoliberalismo, franquismo, derecha e izquierda (I)

La izquierda española cuenta entre sus más destacables defectos el de no conceder legitimidad política a sus rivales partiendo de la endeble base argumental de que la derecha española es la heredera, puesta al día, de las cavernas franquistas. Cuando los izquierdistas de lengua más caliente quieren descalificar a quienes no son de su cuerda sacan inmediatamente del bolsillo su calificativo peyorativo favorito: franquista. Sin embargo, en dicho bolsillo habita otro adjetivo siempre presto a ser sacado a paseo: neoliberal.
Resulta muy clarificador respecto al nivel argumental de cierta izquierda española – no dirá este ciudadano que toda, pero sí muy mayoritaria- que se acuse a todo lo que no es de su bando de estar demasiado imbuido de las esencias franquistas y a la vez se le reproche un cierto fanatismo neoliberal.
Esta preponderancia fetichista de ambas palabras resulta muy significativa por varias razones. En primer lugar habría que señalar que a la hora del análisis podemos cargar las tintas en los aspectos relacionados con la ignorancia o en aquellos que demostrarían un uso torticero de los conceptos. En este orden de cosas, si bien, en general, la izquierda política española no ha demostrado una inclinación demasiado robusta hacia el rigor intelectual, resulta muy difícil de creer que no se comprenda que franquismo y neoliberalismo son términos profundamente antitéticos. Como casi todo el mundo sabe, la economía española bajo el régimen del General Franco si pecó de algo fue de ser una economía ampliamente intervenida por el Estado. Así pues, sólo cabe concluir que esta mixtificación conceptual tan arbitraria es plenamente consciente y, por tanto, está dirigida a la consecución de un determinado objetivo. Y este objetivo no puede ser otro que el de socavar constantemente la legitimidad de sus rivales.
En la Transición se produjo un pacto no escrito de romper con el pasado. Con el tiempo, no obstante, esta sencilla formulación se ha ido despojando de su sentido original. No se trataba de un general olvido de las afrentas mutuas sino que, así se interpretó desde amplias capas del izquierdismo del país, a la derecha se le perdonaba su ignominioso pasado y si se renunciaba a la deseada ruptura con el régimen dictatorial era porque se carecía de la fuerza necesaria para imponerla. La derecha no perdonaba nada, la derecha no renunciaba nada, porque la izquierda se enfrentaba a la Transición libre de cualquier mácula o culpa; en ningún momento fueron actores del drama nacional, tan sólo víctimas y víctimas no del franquismo sino de la derecha en general. Es decir, la izquierda siente que la Transición fue un pacto con el franquismo. ¿Cuándo dejará de ser franquista la derecha española?¿Cuándo –graciosamente- será expedido el certificado de naturaleza democrática a la derecha por parte de la izquierda? Dato desconocido, atributo discrecional. Se colige que según convenga, naturalmente, a sus intereses políticos. Porque, y aquí radica la gran perversión intelectual de la utilización del término, la izquierda española se considera exenta de explicar qué significa franquismo o franquista y qué se quiere decir cuando se le atribuye a algo o a alguien. Normalmente, franquismo no pasa de ser un sinónimo de conservadurismo con ánimo de insulto. Por supuesto resulta del todo irrelevante que el aludido de esta manera manifieste su antipatía por el régimen caudillista surgido de la guerra civil o que haga pública profesión de fe democrática. La derecha española es muy franquista, lo dice la izquierda y se acabó la discusión. ¿Pretende implícita o explícitamente la derecha nacional la instauración de un régimen de partido único?¿Pretende la nacionalización de segmentos industriales clave o la creación de un gran sector público en la banca, en la energía o en los medios de comunicación?¿Pretende la supresión del Estado de las Autonomías, la prohibición de las lenguas periféricas o su expulsión de la vida pública?¿Pretende la prohibición de la libertad religiosa, la instauración de la censura o las discriminaciones raciales o sexuales?¿Pretende la eliminación de la igualdad ante la ley de todos los españoles?¿Pretende la instauración de la autarquía o la persecución de judíos, masones y comunistas?¿Pretende, al menos, la reinstauración de la pena de muerte, la prohibición del derecho de asociación, expresión, o manifestación?¿En qué sentido, entonces, es franquista la derecha española? Aunque, por supuesto, no se manifieste públicamente, es franquista muy claramente en un aspecto: en que carece de legitimidad democrática porque soporta sobre sus espaldas un pecado original: es hija del franquismo y su modernización y conversión a los valores democráticos es, por definición, falsa e insincera.

martes, noviembre 30, 2004

Aznar y el Complejo de "los nuestros"

Este ex-presidente nuestro da mucho juego, hay que reconocerlo. Las derechas se ponen cachondas con él. Las izquierdas, cuando le ven, le escuchan o simplemente le intuyen, lo que se ponen es hidrofóbicos. Busquen en los medios de comunicación si se aburren, aunque yo les recomiendo que se hagan un puzzle o escuchen eurojunior con su hijo pequeño, un comentario sereno, equilibrado, sin acalorado odio o sin arrobado amor. Les sobrarán unos cuantos dedos de las manos para contarlos. Este país nuestro padece una maldición político-cultural que entristece mucho. Padecemos la maldición, el síndrome de "los nuestros". Siempre hay unos que son "los nuestros" y hasta en su versión más deprimente son mejores que "los otros". ¿La atávica llamada de la tribu?¿La herencia de un sangriento conflicto entre hermanos?¿La incultura política que se generaliza en occidente o el legado de los cuarenta años de democracia orgánica?¿Las consecuencias inevitables de la irresponsable partitocracia que usurpa el papel de la verdadera democracia liberal? Muchas hipótesis podrían explicar esta tendencia nuestra y seguramente todas serían insuficientes. Tal vez una compleja malla compuesta por bastantes de ellas nos acercaría un poco a la verdad, aunque, sin duda, nos deslizaríamos más hacia el terreno de la filosofía que hacia el de la polítca.
Ateniéndome a la útil y más que asentada idea de la política como el arte de lo posible, la participación del Sr. José María Aznar López, anterior primer ministro del Reino de España, y la tormenta opinativa desatada por ella, me sugiere una idea central, una idea-fuerza o, más bien, para no pecar de insinceridad, fortalece una de las más viejas ideas centrales de este opinante liberal: España está coja, muy coja, en términos políticos. Imagínese la siguiente escena: una boda, idiotizados por el alcohol (pero ¿no podría ser también efecto del exceso de ideología, de rencor, de viejas cuentas...?) se ha desatado una tremenda batalla entre invitados del novio y de la novia a tartazo limpio (hasta el momento "parece" divertido, pero ¿puede alguien garantizar que no se cambie tan inofensiva arma por otra menos divertida, que alguien, el más envalentonado, el que más méritos quiera hacer ante el suegro millonario, el tío influyente, o la pandilla, no vaya a coger, pongamos por caso, un tenedor o un cuchillo de la cubertería?); unos cuantos se esconden debajo de una mesa porque o bien son abstemios, o no son parte de alguno de los bandos o si lo son no gustan de esa forma bárbara de resolver las diferencias; naturalmente, la novia (ay, nuestra siempre soñada, siempre tan cerca y siempre tan lejos, nuestra siempre bienamada democracia) y el novio (ay, nuestro país, siempre a punto de romperse, siempre doliendo, siempre objeto de odios y amores ilimitados, extraño como ninguno, agradecido como pocos, con el vergonzante orgullo guardado en un bolsillo, dentro de una bolsa y dentro de una cajita), lloran desconsolados, encerrados en los servicios.
Pues ahí están, enzarzados a tartazos, nuestros progres y nuestros conservadores. Ello no quiere decir que ambos sean siempre igual de culpables. Afirmar eso sería una injusticia. No se puede equiparar aznarismo y felipismo sin faltar gravemente a la verdad. Por mucho que a uno le inquieten ciertos excesos de conservadurismo en la gestión gubernamental de los conservadores españoles, en general, resultaron menos liberticidas que la izquierda española y sus aliados nacionalistas -derechistas o pseudoizquierdistas-. Sin embargo, este ciudadano considera muy difícil que un liberal se sienta satisfecho con las inclinaciones conservadoras e intervencionistas -muy profundas en términos morales- de la derecha española.
La cojera política de este país es el resultado de una insostenible ficción intelectual: que entre el conservadurismo y el socialismo en sus diversos grados no hay nada. Esta ficción, en primer lugar, deja fuera de juego a una parte del país, en segundo, empobrece el debate público, en tercero, alimenta el monstruo mítico de las Dos Españas, en cuarto, obliga a muchos al alistamiento a pesar de todo ("los nuestros") y, por último, exacerba la triste impresión de tantos de que la elección política es una elección del mal menor.
Si la política es el arte de lo posible, lo que este ciudadano considera posible es que los liberales proclamemos públicamente, por reducido que sea el alcance de nuestras palabras, la cojera política española; que el conservadurismo no nos inspira odio, que la socialdemocracia no nos inspira odio; que el liberalismo no está representado políticamente en este país; que los liberales soñamos con el día en que los partidos políticos comprendan que están haciendo mal sus deberes y que están poniendo en riesgo el sistema, que pese a quien pese es un sistema liberal, y que están impidiendo su total desarrollo; que muchas de sus acciones son un ejemplo perfecto de pedagogía perversa, promoviendo en la sociedad valores perniciosos, provocando el desapego de la ciudadanía de su sistema político como si fuera algo divino que pudiera existir ajeno a los hombres, generando rencores que nos alejan del imprescindible consenso en tantos asuntos públicos, inspirando rencores que no hacen ningún bien a nuestra sociedad; que la demagogia es demasiado habitual en el debate público; y que estamos seguros de que muchos conciudadanos coinciden con muchas de las apreciaciones aquí vertidas.
Si la política es el arte de lo posible, este ciudadano llama desde aquí a todos los ciudadanos liberales (en el más amplio sentido de la expresión) a que, en la medida de sus posibilidades combatan los males políticos aquí referidos, promoviendo la confluencia entre nosotros y luchando contra esta guerra de tartazos entre bandos que no son los nuestros.

miércoles, noviembre 24, 2004

Greenpeace, representante del Planeta Tierra

Greenpeace ha tenido que salir por patas de la ciudad de Vigo, donde se asienta casi la mitad de la industria pesquera gallega, la cual, a su vez, es el 40% de la española. La secuencia de hechos es la siguiente. Una autodenominada "coalicción de más de 30 organizaciones ecologistas" puso en su punto de mira a la pesca de arrastre de profundidad. Greenpeace, la más dotada para la teatralidad y el histrionismo de estas organizaciones abordó, tras acosar, a varios barcos pesqueros que desempeñaban su labor de manera absolutamente legal y controlada. Lo hizo poniendo en riesgo los muy caros aparejos, las vidas de los marineros (treparon por las redes, lo cual no es ninguna tontería) y se pasaron por el forro de sus caprichos el más elemental derecho a la propiedad privada. El puerto de base de alguno de los barcos abordados es, como no podía ser de otra forma, Vigo. A bordo de su barco "Esperanza" la dirección de Greenpeace desembarcó en Vigo para exponer su campaña y para ofrecer diálogo a quienes acababa de asaltar sus propiedades o su medio de vida en alta mar. A pesar de solicitárserlo, ni los sindicatos, ni los partidos políticos, ni las asociaciones empresariales recibieron a los súbitamente enamorados del diálogo. Tal vez deberían primero haber intentado hablar y después asaltar, si realmente tenían intención de comportarse civilizadamente. La sospecha es que una vez más, de lo que demostraron estar enamorados fue de la teatralidad y el histrionismo. Expulsados por la unánime repulsa de la sociedad viguesa, inmediatamente alineada con sus marineros, Greenpeace volvió a sentirse en su salsa llorando lágrimas de cocodrilo pero encantada con su habitual papel de victimas de sus fantasmas favoritos, el capitalismo salvaje y la ignorancia social. Tuvieron que marcharse varios días antes de lo que tenían previsto tras todo tipo de manifestaciones y una hostilidad manifiesta en toda la villa gallega.
Sin embargo esta vez se notó alguna pequeña variación en la melodía. Había algo en las caras de los militantes de la organización ecologista que demostraba que no habían entendido del todo bien lo que acababa de pasarles. Naturalmente su influencia en los medios de comunicación y su savoir faire en términos de propaganda impidio que la cosa acabara en desastre, pero este ciudadano cree haber visto cierto desconcierto en aquellas caras. Su soledad en este caso fue estrepitosa. Ni siquiera sus amigos progresistas del Partido de los Ángeles, salieron en su defensa. Se habían pasado tres o cuatro pueblos.
Greenpeace es uno de los principales miembros del Partido de los Ángeles. Son depositarios de valores y de misiones que los mortales humanos no comprendemos porque están por encima de los humanos, de su necia necesidad de trabajar para vivir, de sus instituciones y de su perversa democracia liberal, siempre reacia a darles la razón. Jamás un partido ecologista ha sido mayoritario en elección alguna, pero eso no les importa gran cosa. Su causa está más allá de estas memeces de los mortales. Sabido es que el único animal que no conmueve los elevados corazones de este tipo de ecologistas es el homo sapiens, ese estúpido lobo de sí mismo. Ellos son los representantes del Planeta Tierra y se arrogan el derecho de hablar en su nombre. Esta es la razón de su incomprensión cuando tanto las gentes humildes como los poderosos empresarios les miran con desprecio. Son incapaces de comprender que ellos han sido los primeros en despreciar.

sábado, noviembre 20, 2004

Constitucion Europea: los plenipotenciarios se constituyen

Los plenipotenciarios europeos se han constituído en consumados oferentes de mamotretos indescifrables. Le dan al pueblo que desprecian un tocho que saben que no leerán, que no comprenderán o de cuya trascendencia serán incapaces de tomar conciencia. Lo hacen a sabiendas, perversamente, incumpliendo las más elementales funciones que tienen asignadas. Lo hacen con el agravante alevoso de no tener la más mínima intención de corregir el desconocimiento popular acerca de la Constitución Europea que pretenden colarnos. Si este cuadro pareciera poco deficitario en términos democráticos, añádase la siguiente pincelada: en muchos países europeos y señaladamente en el nuestro, los ciudadanos contrarios a la futura Constitución se encontrarán sin representación con posibilidadades reales de ofrecer resistencia en una batalla política que no se dará, habida cuenta de la disparidad de medios entre partidarios y detractores. Por otra parte, la situación no es la de unos poderes públicos que preguntan tras haber ofrecido toda la información disponible de manera imparcial. Como sabemos, los poderes públicos se sienten legitimados para dirigir la opinión colectiva por lo que utilizarán todos los medios a su alcance para que la sociedad no se manifieste en contra de sus deseos. Y lo harían, incluso, aunque tuvieran que retorcer su voluntad.
Ante la evidencia de que quieren colar su Constitución hurtándonos el debate sólo cabe preguntarse racionalmente por qué. Los partidos, haciendo gala de su habitual miopía, parecen convencidos de que este tipo de comportamiento no va a traer consecuencias sociopolíticas que no puedan manejar, al tiempo que les permitirá seguir encaramados en las grandes estructuras burocráticas europeas que están creando a su imagen y semejanza. Sin embargo, y a pesar de que por Europa corre una vital sangre liberal, este ciudadano está seriamente preocupado por el transcurrir de los acontecimientos. Los partidos ya han demostrado sobradamente que van a ignorar todas las señales de descrédito que reciben de la sociedad que les ha dado un papel fundamental en nuestro sistema. Han demostrado sobradamente que no necesitan del respeto de los ciudadanos. Les basta con que los toleren. Triste aspiración. Pero su actitud está teniendo consecuencias y no se puede mirar para otro lado. Han conseguido inocular en esa sangre vital y liberal que es la esencia de la democracia el virus de la indiferencia, el desapego por el sistema que nos ha servido para obtener un grado de libertad y prosperidad sin parangón en la historia de la Humanidad. Lo trágico es que el sistema de libertades que tan poco aman tantos ciudadanos pero que tanto echarían de menos si lo perdieran, no se puede sostener sin la participación de una ciudadanía consciente y vigilante. Europa sabe mucho de eso y no recordar las lecciones de la Historia puede conducir a la catástrofe. El monstruo burocrático que nos proponen y, sobre todo, las formas radicalmente antidemocráticas que emplean para ello van a incidir en el desapego creciente que la sociedad siente por un sistema político que tantos ven ya como algo ajeno y tantos otros como algo horrible que odian. Si siguen cavando la brecha ¿quién defenderá la aspiración democrática liberal, raíz y esencia de nuestra civilización?¿El Partido de la Indiferencia?¿El Partido del Autoodio y la Culpa pseudoprogresista?
Atención, los plenipotenciarios se han constituído, los ciudadanos no. Pobre Europa ¿sobrevivirás a la clase política autista que te parasita?