viernes, junio 20, 2008

España-Italia: principalmente, una cuestión de cojones



“Oh, che sciagura d’essere senza coglioni!" Cita en una de sus obras Samuel Beckett, quien a su manera, tenía un fino sentido del humor, con Belacqua como declamante, personaje que Dante sitúa en las puertas del Purgatorio de su Divina Comedia. Nuestro enfrentamiento futbolístico con los hermanos italianos me ha traído a la memoria esta frase que, por otra parte, es de las pocas cosas que hay registradas en la lengua trasalpina en el disco duro de mi cerebro. No me negarán que la frase es sugerente en un contexto futbolístico donde los coglioni, o sea, la testosterona aplicada al juego, o sea, la competitividad máxima, suelen ser un factor de esos que marcan las diferencias. Para quien no lo haya cogido, la frasecita de encabezamiento viene a traducirse como sigue: Oh qué desgracia estar [no tener, vivir sin, haber sido privado de, etcétera] sin cojones. Lo testicular en el fútbol es un aspecto no menor.

Permítanme una pequeña digresión. En esta época de tribulaciones masculinas e imperio de una corrección política que no es otra cosa que la rendición idiomática de la derecha ante la izquierda, con lo que ello conlleva de rendición ideológica, la apelación a los genitales masculinos como metáfora de la competitividad no gusta mucho entre esos aseadopensantes y vacuoparlantes que tanto predican la igualdad de género, desconociendo a propósito o por ignorancia que el género es categoría gramática y no de otra índole, pero… en fin… Esta singular suerte de líderes sociales que ha dado nuestra época, para demostrar lo mucho que creen en esta igualdad, suelen dirigirse a sus auditorios dividiendo sistemáticamente en dos grupos a las personas, que ya no son tales sino, principalmente, señores y señoras, chicos y chicas, vascos y vascas, miembros y miembras. Por tanto, su idea de la igualdad comienza con la destrucción de la categoría “persona” a la que todos pertenecemos irremediablemente por igual para entrar en la categoría de especímenes humanos con órganos sexuales externos o internos, algo en lo que, por narices, nos diferenciamos unos y otras. Es decir, predican sobre la igualdad destruyendo la primera que se encuentran.

Hablábamos de fútbol, cuya capacidad de fascinación universal viene, entre otras razones, por esta facilidad con que todos encontramos algún paralelismo entre el juego y la vida misma. Y hablábamos del fútbol y su relación con los cojones, lo que le debe convertir en un espectáculo machista, porque los cojones son constantemente aludidos en el análisis de los encuentros. Se suele hacer con alusiones eufemísticas, claro está. Por ejemplo, es usual que las declaraciones los deportistas, los entrenadores, los directivos y los analistas profesionales hablen de poner sobre el terreno de juego “lo que hay que poner”. No obstante, o quizá por ello, a las mujeres les gusta mucho el fútbol.

Tras el vendaval de universalización del football, del soccer, del calcio, del balompié, las diferencias técnicas y tácticas entre los equipos han quedado reducidas a su mínima expresión. Ya no es razonable esperar salir a la cancha a golear a Malta por 12 goles y hacerlo con ocho delanteros. Ya no hay partidos que los equipos presuntamente grandes ganen desde el autobús. Eso ya no existe. El fútbol es quizá el deporte donde existen menos diferencias entre los mejores y los no tan buenos, el deporte donde los débiles tienen más posibilidades de batir a los fuertes, lo que sin duda constituye otra de las razones de su enorme popularidad. Basta recordar el resultado de la Eurocopa del 2004 para comprender hasta que punto esto es cierto: una selección muy mediocre se hizo con el título a base de estrategia, algo de suerte y cantidades ilimitadas de coglioni.

Recuerdo perfectamente una entrevista con Hugo Sánchez, en el cénit de su carrera deportiva, en la que explicaba su capacidad goleadora. El mexicano afirmaba que había muchísimos jugadores, incluso en categorías inferiores, con mayores capacidades técnicas que las suyas propias: la diferencia, que hizo de él uno de los mejores goleadores que se recuerdan en la liga española, no fue técnica sino psicológica. Ese instinto competitivo, esa obsesión por ser el mejor, ese empeño por marcar goles, esa desesperada pulsión ganadora, convirtió a Hugo Sánchez en una leyenda. Los aficionados podemos recordar su mala baba en el campo de juego, su desvergüenza para hacer lo que fuese necesario en cada momento. Y también podemos citar, sin pensarlo demasiado, un montón de jugadores extraordinariamente dotados pero que sólo tuvieron carreras mediocres. Un ejemplo paradigmático podría ser Patrick Kluivert, un jugador de técnica exquisita y elegantísimo porte, que fue incapaz de convertirse en otra cosa que un figurín ciclotímico. Muchos futbolistas con una estética opuesta a los principescos ademanes de los muchos kluiverts que han sido, son y serán, es decir, con una estética más popular, mucho menos dotados en lo técnico, sin embargo triunfaron, e incluso construyeron, ladrillo tras ladrillo, una auténtica leyenda. Estoy pensando en gente como Quini, Enrique Castro, o el propio Raúl.

Es en esta batalla de los coglioni donde los italianos siempre nos han “dao pal pelo”. Ochenta años de cortes pelo, para ser exactos. Cuando entrevistaban al Buitre que despuntaba en el Castilla sobre su estrellato en ciernes, el suyo y el de su Quinta solía responder: “Yo no soy el bueno, el bueno es Rafa”. Se refería a un Martín Vázquez cuyas exquisitas cualidades técnicas no sirvieron para hacer una carrera brillante sino una muy menor. Hoy podría haber un, digamos, Puyol o un Capdevila que dijese que el bueno es Iniesta, o Torres, o Silva. Nadie, en su sano juicio dirá que el bueno es Puyol. El bueno es, digamos, Del Piero no Gatusso.

Pero, ay, hoy para ganar en el futbol se necesita ser bueno, sí, pero hay que ponerle más coglioni que nadie en la cancha porque si no la excelencia técnica no servirá de nada. Por eso no he citado a Villa o a Xavi Hernández, o a Pirlo en nuestros rivales, que son gente muy buena técnicamente y, a la vez, gente luchadora, competitiva y ganadora.

El Italia-España del domingo lo ganará un gran equipo, plagado de futbolistas extraordinarios en el manejo del balón. Eso es seguro porque ambos equipos responden a esa descripción. La suerte aparte (grandísimo y determinante factor que no puede ser obviado), el enigma que se responderá a última hora del día 22 de junio próximo es quién ha ganado el partido psicológico que se juega simultáneamente. “Oh, que sciagura d’essere senza coglioni” le dirá Belacqua con sorna a un deprimido equipo de hombres que se irá de cabeza caminito del Purgatorio, en fila india y con desconsoladas lágrimas corriendo por su rostro, que es la moda de nuestros días.

Por cierto, S. Beckett escribió More Pricks than Kicks. Aplíquese a la cuestión tratada.